Durante los últimos meses de la Guerra Civil española, interminables hileras de familias enteras, viudas, huérfanos, soldados malheridos, camiones con tropas del Frente Popular que huían del avance franquista, cruzaron los Pirineos en busca del exilio. Todos dejaban atrás con la mirada su patria. Muchos ya no la volverían a ver. Buena parte de los exilados republicanos españoles que no cayó combatiendo al fascismo en Europa, tras su captura fue exterminada en el campo de Mauthausen.

El pueblo de Mauthausen, no muy lejos de Linz y del lugar donde nació Hitler, fue elegido para emplazar un campo de concentración por su cercanía a una cantera de granito en la que habían de trabajar los presos. Entre 1938 y 1945, a esta localidad llegaron, hacinados en trenes, cerca de 200.000 deportados. Sus habitantes no podían desconocer lo que ocurría a poca distancia: el olor de los cuerpos incinerados en el crematorio impregnaba el aire a todas horas. Mauthausen, centro de una constelación de sesenta y siete kommandos o destacamentos repartidos por toda Austria, era el único campo nazi de la categoría III, la de los prisioneros considerados irrecuperables. De ahí que el comandante Ziereis advirtiera a cada nuevo grupo de deportados que sólo saldrían de aquel infierno por la chimenea. En una primera fase, entre 1938 y 1940, la mayoría eran disidentes políticos y presos comunes alemanes y austriacos, además de prisioneros polacos.
En agosto de 1940 arribaron 392 españoles, primera tanda de los 7.300 inscritos en los archivos de las SS hasta el final de la guerra. Después les tocaría el turno a los rusos, resistentes franceses, checos, yugoslavos... Los últimos procedieron de otros campos -Auschwitz, Buchenwald-, evacuados a medida que el ejército alemán cedía terreno. Mauthausen fue liberado el día 5 de mayo de 1945, tres días antes de la rendición del Reich. Allí fueron asesinados unos 116.000 hombres, entre ellos al menos 5.000 españoles.

Los españoles que llegaron a Mauthausen formaban parte del medio millón de refugiados que cruzó la frontera francesa al final de la Guerra Civil. Lejos de hallar acomodo al otro lado de los Pirineos, quedaron custodiados en centros de internamiento. Iniciada la guerra mundial, muchos fueron enviados al frente o integrados en batallones de trabajo. Los alemanes capturaron a la mayoría tras el armisticio de Vichy y los deportaron desde los campos franceses al territorio del Reich. Requerido por las autoridades germanas para determinar el destino de estos prisioneros, Franco replicó que no eran españoles; de ahí que en Mauthausen llevaran el triángulo azul de los apátridas, con una S -de spanier- en el centro. Otros republicanos se incorporaron a la resistencia francesa y fueron detenidos a los largo de la guerra. Unos pocos, en fin, abandonaron el país y se integraron en el ejército gaullista de la Francia Libre. En total, alrededor de 35.000 españoles combatieron junto a los aliados: cerca de 12.000 acabaron en los campos de concentración nazis."El campo de los españoles". Es así como Pierra Saint-Macary, presidente de la Amicale, denomina a Mauthausen.

Aunque los primeros barracones se levantaron en 1938, fueron albañiles españoles quienes construyeron la fortaleza. De ahí que uno de los supervivientes franceses que nos mostró el campo observara que "cada piedra de Mauthausen representa la vida de un español". La mayor parte de los republicanos llegó entre 1940 y 1941 y falleció este último año o el siguiente. De hecho, en septiembre y octubre de 1941 todos los muertos de Gusen -un kommando destinado al exterminio de los presos más débiles- fueron españoles.
Los internos de Mauthausen trabajaban hasta la muerte por extenuación extrayendo bloques de granito de la cantera y subiéndolos a la espalda por una escalera de ciento ochenta y seis peldaños mientras los kapos -prisioneros que ejercían de capataces-les empujaban, zancadilleaban y golpeaban. Cuando falleció de este modo el primer español, el 26 de agosto de 1940, sus compatriotas, ante la sorpresa de los verdugos, guardaron un minuto de silencio, situación que se repetiría en numerosas ocasiones. Con el paso del tiempo, algunos españoles pasaron a desempeñar trabajos especializados: albañiles, peluqueros, administrativos o fotógrafos tenían más posibilidades de sobrevivir que los trabajadores corrientes. También podían acceder a más información y disponer de cierta autonomía para sostener la organización clandestina republicana que, encabezada por los comunistas, funcionó desde mediados de 1941.

Tal y como nos explicó un deportado francés, en 1942, cuando comenzaron a llegar prisioneros de la resistencia francesa o del frente ruso, los españoles eran los veteranos del campo, expertos en la lucha por la supervivencia, dispuestos a transmitirles sus conocimientos. Por otra parte, al desempeñar diversas funciones en la gestión cotidiana de Mauthausen, disponían de recursos para ayudar a otros prisioneros. Entre los objetivos de la organización clandestina española figuraba, por ejemplo, la redistribución de la escasa comida que llegaba a los presos y de las medicinas robadas en la enfermería, con el fin de sostener a los más débiles.
Convencidos de la victoria aliada, los republicanos decidieron conservar pruebas de la barbarie para después juzgar a los verdugos. Así, el fotógrafo Francisco Boix hizo copias de las fotos que coleccionaban los SS, logró esconderlas hasta el fin de la guerra y, gracias a ellas, acusar a los jerarcas nazis en el juicio de Nuremberg. Cuando los soldados norteamericanos entraron en Mauthausen, banderas republicanas sustituían a las alemanas y cubría la puerta del campo una gran pancarta en la que podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".
Francisco Boix 

Por César Gil
Fuentes:
Miguel Martorell Linares y Javier Moreno Luzón, Tribuna/Tribuna libre
José Mª Rodríguez Bravo, Universidad de Navarra
No hay comentarios:
Publicar un comentario