UNA NAVIDAD EN STALINGRADO.
" En el día previsto, los combatientes de Stalingrado celebraron su fiesta de navidad. Un cielo gris se extendía pesadamente sobre la estepa nevada; un frío implacable cristalizaba el paisaje.
(...) Estos soldados solo tenían en común sus manos vacías y las bovedas del cielo, que en aquellos días estaban surcadas por una humareda sanguinolenta. Se preguntaban por que Dios permitia que volviese la Navidad, cuando los hombres, dominando su voz con su tumulto, se mataban unos a otros.
(...) Pudo verse un largo y espantoso cortejo; granadero, generales, enfermos, heridos, lisiados, hombres todavía útiles, héroes, cobardes, tiritando de frío bajo sus capotes de piel, sus mantas, sus uniformes quemados , con la cabeza o el vientre envueltos en trapos ensangrentados, se pusieron en camino, a menudo arrastrándose a gatas hacía el aeródromo.
(...) La procesión de los heridos dejaba tras de si una estela de sangre. Innumerables objetos de la impedimenta estaban esparcidos por la llanura. Un bombardero, un aparato de transporte y dos cazas yacían por allí. Los fugitivos se apresuraban, pués la muerte les pisaba los talones. El hambre les torturaba, la angustía oprimía la gargantas y el frío helaba la sangre.
(...) Los muertos aparecían agrupados, apretados unos contra otros, como si todavía intentasen darse calor, y los vivos pasaban al lado de estos montones de cadáveres. Algunos miles de hombres llegaron al aeródromo. Catorce mil quedaron detenidos en la carretera de la muerte de Pitomnik, congelados por el viento glacial, exangües, descompuestos, pisoteados.

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