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10/2/13

70 ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE KRASNY BOR.

Hoy, con motivo del 70 aniversario de la batalla de Krasny Bor, en la que miles de soldados de la División Azul perdieron su vida tras luchar de forma valiente, muchos medios de comunicación han tenido a bien recordales en esta efemeride, y desde Europa en Guerra no podríamos ser menos. Os dejo con una de esas noticias aparecidas en prensa en la que vale la pena dejar un rato de nuestro tiempo.


Krasny Bor; la batalla más dura de la División Azul.

Hace setenta años, el 10 de febrero de 1943, unos 5.600 hombres de la División Azul hicieron frente a 44.000 soldados, casi un centenar de tanques e innumerables piezas de artillería del 55 Ejército de la Unión Soviética. Fue la batalla de Krasny Bor, el combate más duro de los españoles en el 'Ostfront'.

"Fuimos a luchar contra el comunismo, no contra los rusos", afirma Juan Serrano Mannara, veterano granadero del 262º regimiento 'Pimentel'. Estuvo hasta 1944 en la Unión Soviética, pero no combatió en Krasny Bor. Siete décadas después, apenas quedan algo más de 400 veteranos de los 45.000 hombres que lucharon en la División Azul. Y de aquel pueblo a las afueras de San Petersburgo, la antigua Leningrado, quedan muchos menos: hubo 3.645 bajas y 300 capturados en la batalla, un millar de ellos muertos sólo el primer día.

En Leningrado murieron más de un millón de civiles durante los 900 días que duró el asedio de la Wehrmacht, según algunos estudios, aunque las fuentes oficiales rusas calculan algo menos de 700.000, sin contar la marcha de refugiados. El ejército alemán llegó a las puertas de la ciudad en septiembre de 1941 y no fue expulsado hasta 1944. Sin embargo, lo más duro tuvo lugar hasta enero de 1943: fue cercada al sur por los alemanes y al norte por los finlandeses para dejarles morir de hambre y frío por orden de Hitler. El único corredor para hacer llegar comida y combustible a la ciudad era el congelado lago Ladoga, el 'camino de la vida'.
La 250. Einheit spanischer Freiwilliger llegaría al sector de Krasny Bor en otoño de 1942. En enero del siguiente año, mientras caía el kessel alemán de Stalingrado, el ejército soviético logró conquistar un pequeño corredor por tierra hasta Leningrado. La operación 'Estrella Polar', continuación de la 'operación Chispa', debía ampliar este camino y romper rápidamente las líneas de la División Azul para envolver al 18 Ejército alemán. La 'Blau division' lo evitó.


La batalla de las cruces de hierro

"El que diga que no tiene miedo, miente. Una cosa es miedo, otra es terror, y otra cosa es decir 'voy porque tengo que hacer eso y me pongo a hacerlo'", afirma sin albergar ninguna duda Luis Gallego, sargento de Ingenieros en el Radio Grupo de Telecomunicaciones. Como Serrano Mannara, no estuvo en Krasny Bor, pero sus experiencias, materializadas en heridas de guerra, ilustran aquellos tiempos.
En septiembre de 1942, unas ráfagas le pillaron "como pudieron pillar a otro" y quedó atrapado entre dos líneas. Volvió a España con tres operaciones, dos de ellas sin anestesia. "Unos me agarraron de los brazos, de los pies otros, me pusieron de espaldas para dar el corte, y de anestesia... pues una toalla", recuerda.
 Fue unos meses antes de Krasny Bor. Pasadas las seis de la mañana de aquel 10 de febrero de 1943, la artillería soviética comenzó su descarga sobre las posiciones del regimiento 262 de la División Azul. No pararía hasta un par de horas después. Acto seguido, cuatro divisiones del Ejército Rojo, acompañadas por carros KV-1 y T-34, se lanzaron sobre las castigadas líneas españolas.



El objetivo soviético era romper el frente en poco tiempo y envolver a los alemanes. El invierno en Leningrado es muy frío y anochece prontísimo. Sin embargo, la Stavka fracasó: el barrizal provocado por el fuego artillero sobre la nieve atrapó a los carros de combate y los supervivientes del regimiento opusieron una fiera resistencia hasta el final.
Los soldados españoles se reagruparon como pudieron para defenderse, incluso se desplegaron en los cráteres abiertos por la artillería rusa. Entre las hazañas que se recuerdan está, por ejemplo, la del divisionario al que explotó la mina que colocó en un carro pesado.
A pesar del ataque, dos divisiones alemanas situadas en el flanco derecho de la División Azul no acudieron al rescate porque esperaban un ataque que nunca tuvo lugar. Entre ellas estaba la 4 Polizei Division de las Waffen SS.
Pasado el mediodía, el Ejército Rojo logró romper las líneas por tres zonas y tomar casi entera Krasny Bor. Sin embargo, los restos de la División Azul aún resistían al sureste del pueblo y en los aledaños del río Ishora.

Aunque las tropas soviéticas lograron penetrar tres kilómetros, su cuartel general ordenó parar el avance al anochecer. Los alemanes habían enviado refuerzos y la rotura del frente era inviable tan tarde. El Ejército Rojo había tomado Krasny Bor, pero fue una victoria pírrica. Los 11.000 fallecidos en la operación 'Estrella Polar' se sumaría al millón de soldados soviéticos muertos en toda la batalla de Leningrado y el frente seguiría estable un año más.


A 3.000 kilómetros de casa


Un rótulo colgado en la Fundación División Azul recuerda a sus 4.954 fallecidos y 12.000 bajas durante la campaña del Este. En su local hay museo con recuerdos de la guerra, desde bustos de Hitler y Stalin a una bandera soviética capturada en los campos de batalla. Allí se reúnen aún los veteranos.

¿Qué empujo a aquellos hombres a ir a luchar bajo las órdenes alemanas a 3.000 kilómetros de su país? "En la División Azul, cada hombre era un mundo. Había falangistas, aventureros, militares, simpatizantes de los alemanes o gente que necesitaba el dinero en la posguerra", explican en la Fundación.

"A mí tío lo mataron en la guerra. Mi padre estuvo en la cárcel. A mi tía la echaron de donde trabajaba y la metieron en la cárcel..." recuerda Juan Serrano Mannara, falangista como Luis Gallego.
Este granadero se alistó por primera vez con 15 años. Para ello mintió en casa, donde vestido de pantalón corto dijo que iba a un campamento; y al propio Ejército, donde enseñó la partida de nacimiento de su hermano. Le pillaron en Alemania, pero regresó a filas cuando cumplió 17 años.
Visitó el Palacio de Catalina en Puskhin, pero no fue a un campamento de verano, fue al frente más duro de la historia. "Si vas a la guerra tienes que matar para que no te maten", advierte tras recordar cómo fue herido por la metralla tras estar su compañía tres días rodeada. "Llegamos al cuerpo a cuerpo. El primer día, no sé si por miedo o nervios, no pude poner la bayoneta en el mosquetón, te defendías como podías", rememora.
Esto fue en enero de 1944. La División Azul fue disuelta en otoño del año anterior por la presión de los Aliados a España, pero Juan Serrano Mannara se apuntó con otros voluntarios a la Legión Azul. Unas semanas después de ser herido fue disuelta.

'Eran hombres'

Luis Gallego, falangista y militar de carrera, combatió en el lago Ilmen en el invierno más frío de los últimos cuatro siglos. Estuvo en el batallon de choque 250, 'la tía Bernarda'. "Entre nosotros, lo llamábamos la tía Bernarda... porque era el coño de la tía Bernarda. Donde había follones ahí íbamos. Cubriamos bajas", apunta.
Una vez tenía que escoltar a 15 prisioneros cuando fue sorprendido por la aviación soviética. "Me dejaron como los hijos de don Crispín, descalzo y sin paraguas", recuerda con humor. Pasado el ataque, los 15 prisioneros regresaron a su vera.
"Cogí lo que me habían mandado de aguinaldo de España y lo repartí entre ellos", añade. "Antes que nada, antes que rusos o comunistas, eran hombres. "Ni religión, ni no religión, ni carácter ni nada. ¿Te gustaría que te lo hicieran a tí? Pues no lo hagas tú", sentencia.
 
Estos veteranos han regresado un puñado de veces a Rusia, donde han sido recibidos "maravillosamente" por quienes eran entonces unos niños. "Nunca hicimos nada a los civiles, dormimos en sus casas, compartiamos la comida", afirma Serrano Mannara. "Los alemanes eran distintos... les echaban fuera en invierno".
"Eso se lleva en el corazón. Lo que es el ser humano..." reflexiona Gallego. "Los rusos nos querían mucho, no era la cosa de Alemania, del alemán", añade antes de reconocer que hubo algunos españoles que no se comportaron como soldados. "Se consideraban héroes y les tiraban la comida o les daban cuchilladas", critica al recordar sus maltratos a los prisioneros.
Entre tanto torbellino de emociones, algunos divisionarios se enamoraron de chicas rusas en el frente, pero al volver a España fueron separados de ellas en Hendaya, frontera aún ocupada por los alemanes. Algunas parejas no se verían nunca más.
"En aquella época las chicas -rusas- eran como las de aquí, normales y corrientes. Uno se casó con una, desertó y puso una peluqueria en Riga. Hasta que lo cogieron y lo volvieron a llevar al frente", recuerda con gracia Serrano Mannara.
Paradojas de la guerra, los veteranos de la División Azul pasaron de ser héroes a ser olvidados. La primera vez que Juan Serrano Mannara regresó del 'Ostfront' a España, en 1942, recuerda que fue recibido con orquesta de música y una misa. La última vez, en 1944, tras cambiar Franco de bando, les dejaron en San Sebastián para que se buscasen la vida. "Al llegar aquí todavía tenía las heridas abiertas. Fui al hospital militar Gómez Ulla a que me las curasen, pero no me las curaron porque no eramos militares".

Paradojas de la guerra, cuando volvió a Rusia a principios de los noventa y vio la pobreza tras la disolución de la URSS, este divisionario llegó a pensar que "vivían mejor cuando estaban los comunistas que ahora".

Fuente: El Mundo

13/2/12

LA MUERTE DE HITLER PARA LOS SOVIÉTICOS.

Extracto de las Memorias del General Schtemenko, Editorial Progreso, 1977.

“La primera notica de la muerte de Hitler la recibimos el 1 de mayo de 1945, después del encuentro de V. Sokolovski y V. Chuikov con el general alemán Krebs (acerca de estas conversaciones se escribe con detalle en las memorias de Zhukov y Chuikov). Pero era difícil creerlo, puesto que los restos de Hitler no pudieron encontrarse. Se carecñia de datos sobre la suerte de Goebbels, que, según Krebs, era ahora el principipal jerarca en el bunker de Hitler. Cayó Berlín y empezó la capitulación de las tropas de Hitler, pero por el momento, no se sabía nada del paradero de las altas personalidades del Reich. A nuestras preguntas telefónicas respondían lacónicamente. Cierto que la mañana del 3 de mayo la respuesta fue un tanto diferente: habían encontrado un cuerpo que podría ser el de Hitler.

En la noche del 4 de mayo, cuando Antonov y yo llegamos al despacho del Jefe Supremo con el parte ordinario de la situación de la jornada transcurrida, Stalin puso ante nosotros un telegrama de Zhukov y Teleguin en el que se decía: “El 2 de mayo de 1945 en la ciudad de Berlín, en el recinto de la Cancillería, en Wilhemstrasse, donde en los últimos tiempos se encontraba el Cuartel General de Hitler, fueron descubiertos cadáveres quemados en los que se ha identificado al Ministro de Propaganda y a su esposa. El 3 de mayo, en este mismo recinto, fueron encontrados los cadáveres de los seis hijos de Goebbels. Todos los indicios hacen suponer que fueron envenenados con un tóxico muy activo. El Teniente General Camarada Vadis, jefe de servicios del Contraespionaje del primer Frente de Bielorrusia, mostró personalmente los cadáveres hallados al Almirante Voss, representante del Gröss-Almirant Doenitz, en el cuartel general de Hitler; a Schneider, encargado del garaje de la Cancillería; al cocinero Langue; a Zien, jefe de las dependencias técnicas de la Cancillería, todos ellos detenidos, identificaron en los restos humanos hallados a Goebbels, su esposa y sus hijos .
En el telegrama no se decía nada de Hitler muerto o vivo. “El camarada Zhukov duda también de la muerte de Hitler-dijo después de Stalin, acercándose al escritorio a por otra porción de tabaco para la cachimba-. A los canallas fascistas no se les puede creer nunca. Hay que ver lo que hay, si realmente quedaron con vida los jerarcas del Estado Hitleriano. Comprobar todo”.

A continuación, tomado el teléfono, llamó a uno de los comisarios de la Seguridad del Estado, ordenándole que mandara a Berlín a un funcionario con experiencia al que entre otras misiones se le encomendara también cerciorarse de la muerte de Hitler. En Berlín, Teleguin y el Servicio de Contraespionaje realizaban ya el trabajo necesario. Los médicos hicieron una minuciosa autopsia anatomo-patológica de los cadáveres de la familia Goebbels y de Krebs. Se estableció con absoluta certeza que su muerte se había producido por envenenamiento con sustancias ciánicas muy activas. Pronto hubo necesidad de hacer la autopsia de otros cadáveres, hombre, mujer y dos perros, encontrados por el mismo grupo de Klimenko en uno de los embudos, en el jardín de la Cancillería, cerca de la salida de urgencia del bunker. Los cadáveres de las personas, ligeramente cubiertos de tierra, estaban muy quemados y era imposible identificarlos; se exigían procedimientos exactos forenses. Ayudaron en ello los especialistas estomatólogos que habían puesto dentaduras postizas a Hitler y a su amante: reconocieron la particularidad de las prótesis, solo propias de su trabajo, y repararon en ciertas particularidades anatómicas de las cavidades bucales de sus antiguos pacientes. Los examinadores, a su vez, confirmaron la exactitud de las declaraciones de los especialistas. Después de esto ya no hubo dudas: los cadáveres, abrasados hasta el punto de no poderlos reconocer, era lo que quedaba de Hitler y de Eva Braun, que compartió su suerte con él. El análisis confirmó la muerte por envenenamiento de ella, y por un disparo de él.

Los restos de los perros, encontrados en el mismo embudo, fue fácil identificarlos con la ayuda de los prisioneros que servía en la Cancillería: eran los perros personales de Hitler, muertos también por envenenamiento. Las investigaciones de los expertos terminaron después del día en que se había firmado la capitulación incondicional de Alemania. Paralelamente se interrogaba a los prisioneros que habían estado relacionados con la Cancillería, así como a los ciudadanos alemanes capaces de arrojar algo de luz sobre alguno de los jerarcas del nazismo.

Ya más tarde conocí, en parte, las declaraciones de Helmut Kunz, médico de la Cacillería. Precisamente a él se dirigió el 27 de abril de 1945 Magda Goebbels, pidiéndole en nombre de su marido y en el suyo propio que le ayudara a quitar la vida a sus hijos. El médico accedió. El 1 de mayo, por la tarde, tomó de manos de Magda una jeringuilla con morfina y preparó una inyección a los niños para que durmieran. Sin embargo, Kunz no tuvo valor para llevar el crimen hasta el final. Entonces la madre pidió ayuda al médico personal de Hitler, quien junto a ella, introdujo a cada niño en la boca una ampolla de veneno…”

10/7/11

THE SPANISH COMPANY NUMBER ONE

La Spanish Company Number One fue una unidad de voluntarios españoles republicanos que sirvió en el Ejército Británico durante la Segunda Guerra Mundial.

Algunos combatientes de la Legión extranjera francesa y miembros de la 185ª Compañía de trabajadores extranjeros fueron evacuados a Inglaterra desde Dunquerque en 1940. Muchos de ellos se negaron a ponerse a las órdenes de De Gaulle y, por consiguiente, fueron encuadrados en el Ejército británico. Como el reglamento del Ejército británico prohibía el uso en combate de extranjeros, fueron adscritos al Royal Pioneer Corps, constituyéndose con ellos la 1ª Compañía Española (Spanish Company Number One en inglés), que fue destinada a labores de construcción de carreteras, fortificaciones, etc. a lo largo de la guerra. Aunque no desembarcó con las tropas aliadas el Día D, participó en ulteriores operaciones de la batalla de Normandía, y fue el segundo regimiento en entrar en París (después del regimiento francés)

Muchos españoles tomaron parte en la campaña militar iniciada por los aliados en junio de 1944 para liberar a Francia de los nazis, pero no figuran entre los invitados a las ceremonias del aniversario de la batalla de Normandía. Además de los que colaboraron con la resistencia, cientos de españoles lucharon en Francia, de uniforme, encuadrados bien en una unidad británica, la Spanish Company number one, bien en la Segunda División Blindada francesa.

Ambas desembarcaron en Normandía después del 6 de junio. La segunda de ellas, dirigida por el general Leclerc, fue la primera que entró en el París todavía ocupado por los nazis en agosto de 1944. Una de las puntas de lanza de la liberación de París fue la compañía llamada "La Nueve", a causa del enorme número de españoles que la formaban.

La biografía de un veterano.

Manuel Fernández es uno de los supervivientes de la Spanish Company number one. Soldado de tres guerras, nacido en Esfiliana (Granada), se vio metido sucesivamente en una contienda tras otra y peleó con tres uniformes diferentes. Fue guardia de asalto de la República durante la Guerra Civil española y en 1939 pasó a Francia, donde fue desarmado e internado en un campo de concentración, como tantos otros republicanos españoles. Aceptó enrolarse en la Legión Extranjera de este país cuando, atormentado por un dolor de muelas insoportable, se dio cuenta de que no había otro modo de que le atendieran que alistarse en la Legión.

Con ella combatió en Noruega contra la invasión nazi de este país.Tras la derrota francesa de 1940 hubo de reembarcar para el Reino Unido en medio del desastre. Segundo campo de refugiados y segundo reenganche, esta vez en una unidad del Ejército británico.Con ella volvió a Francia en 1944 y tomó parte en la campaña de este país y la de Bélgica. Tiene tres condecoraciones británicas y una francesa, vive en un pueblo de la región de las Ardenas y ya tiene 88 años.


Sobre este tema, existe un libro de memorias de un veterano de la compañia:

Título: Number One. Spanish Company
Subtítulo: Memorias de Antonio Grande
Autor: Antonio Grande Catalán
Fecha de Edición: 2002
Precio: 12,00 €





Fuentes:
Diario El País
http://es.wikipedia.org/wiki/Spanish_Company_Number_One


24/11/10

LA HISTORIA DE MI OSTMEDAILLE

Hace un tiempo adquirí por internet un pequeño lote de militaria que incluía una Ostmedaille con unos documentos. Entre estos, se encontraban el documento de concesión, un par de cartas, y otro par de recibos que a causa de mi precario alemán no supe traducir. Para esto, tuve que recurrir a la ayuda inestimable de un amigo, cuyos conocimientos de alemán son muy buenos, y que como siempre estuvo encantado de ayudarme con la traducción de los mismos.

Las cartas son bastante emotivas. Una de ellas es la que le envía el Médico jefe del hospital militar de Dno, Rusia, a la viuda del Gefreiten Karl Schlecht, caído el 22/3/1942, a causa de las heridas recibidas en combate. En esta carta el médico le explica todo lo ocurrido antes del fallecimiento de su marido.

La segunda de las cartas es especialmente emotiva ya que se trata de la respuesta de la viuda al Médico que trató a su marido. Una carta llena de emoción y agradecimiento que más abajo podrés leer.

Por último, uno de los recibos expedido es una declaración de daños recibidos en la vivienda a causa del bombardeo acaecido en Nuremberg el 2 de enero de 1945. Expedido por el NSDAP.

A continuación os dejo con los documentos y sus traducciones correspondientes. Agradecer desde ya al usuario administrador del foro Der Zweiter Weltkrieg, ParadiseLost, el tiempo dedicado a la traducción de los mismos.

Nota: Sin pincháis en las imágenes podréis verlas más grandes.


Cinta, sobre y Ostmedaille, marcaje 6. Fabricante: Fritz Zimmermann, Pforzfheim.


Documento de concesión de la medalla


Concesión de la Ostmedaille al Gefreiter Karl Schlecht
12 de Agosto de 1942
1./Bau-Bat 108 (Zapadores de la Luftwaffe)



Carta del Doctor a la viuda


Traducción:
Dr. Kabis
Oberfeldarzt,
Fp. Nr. 01557


Muy distinguida señora Schlecht!
Como Jefe Médico de un hospital militar en el Este tengo el triste deber de comunicarle que su esposo
Karl Schlecht,
Nacido el 1-7-1906
Cabo en un Baubataillon

Falleció el 23-3-1942 por el Führer, el pueblo y la madre patria, a consecuencia de sus graves heridas.

Le hago llegar mi sincero pésame por esta grave pérdida.

El 22-3-42 su esposo fue transferido a mi hospital militar tras un accidente. Enseguida efectué una operación. Tal como el departamento médico me transmitió, el cual también tomo parte en la operación, se trataba de una grave fractura del cráneo con un derrame sanguíneo en la frente, así que su marido no estaba en absoluto consciente y no volvió a estarlo. A continuación se le diagnosticó una herida de las meninges y de su tejido, que durante la operación pudo ser solventado. A pesar de todos los esfuerzos médicos (incluso una infusión*), no fue posible mantener a su esposo con vida. Tenga por seguro, por favor, que mis conocimientos y capacidades médicas han intentado todo lo posible para intentar ayudar a su esposo con graves heridas. A consecuencia de la debilidad de la circulación y del corazón, su marido murió el 23-3-1942. Los restos mortales fueron inhumados bajo honores militares con la participación de unidades en el cementerio militar III en Szoltzy, bloque 1, tumba 109, línea 5.

Querrá firmar el acuse de recibo incluido y devolverlo al departamento.

Le saludo y le transmito de nuevo mi pésame.

Oberfeldarzt y Chefarzt
Kabis


*Infusión: Tratamiento da base de sueros, de común uso en aquella época.


Respuesta de la viuda al doctor Kabis


Traducción
M. Babette Schlecht
Nürnberg, -A.
Dötschmannsplatz, 20
28-4-1942

Al Oberfeldarzt Dr. Kabis
Fp. Nr. 01557

¡Muy distinguido Doctor!

Para mí fue un inesperado pero también muy duro y triste comunicado, el que Usted me hizo llegar con su apreciado escrito del 28-3-1942.

La muerte repentina de mi esposo con el que sólo pude vivir medio año de armónico matrimonio me ha conmovido profundamente. No he perdido con ello sólo a mi marido sino también a un querido y fiel camarada. Podrá comprender mi gran pena y no me negará su compasión.

Por su pésame le doy gracias de todo corazón y también y así mismo por todo el esfuerzo y la ayuda que le dio a mi marido durante su grave sufrimiento le hago llegar mi profundo agradecimiento.

Pero también a los que ayudaron, en las últimas horas a aliviar el sufrimiento de mi marido les doy mi sincero agradecimiento.

Para el futuro y para su bienestar personal reciba mis mejores deseos y la seguridad de que no olvidaré su esfuerzo para conservar la vida de mi querido esposo.


Le saludo
atentamente


Recibo de daños de guerra


Traducción

NSDAP Distrito de Nuremberg Totalmente dañado Nº 7753 Certificado Al propietario de este documento, señora (señor) Schlecht, Marie, domiciliada en Nuremberg, Dötschmannsplatz, Nº 20, se certifica, que su vivienda, a causa del ataque aéreo realizado el 2 de enero de 1945, fue totalmente destruida (parcialmente dañada) y que hasta nueva orden es inhabitable. La actual vivienda ----, calle ---- Están afectados 2 adultos, ---- niños Nuremberg, 7-1-1945 Reverso del documento: Karl Zöllner Mercancías de cuero y artículos de viaje Calle Schwabacher 27


Algunos datos más sobre los documentos:

Sobre el Feldpostnummer, número 01557, a partir del cual podemos deducir donde fue herido nuestro Gefreiter, hemos averiguado que pertenece al Kriegslazarett Kriegslazarett-Abteilung 571.
Hospital situado en Dno (Rusia).
Aquí tenéis la situación: Pincha


Sobre la población de Szoltzy, donde fue enterrado, hemos encontrado que se trataba de un aérodromo de la Luftwaffe en Rusia, también conocido como Solzy. Parece ser que estaba situado en el Oblast de Novgorod.

Aquí tenéis la posición, que no está muy lejos del hospital militar, por lo que todo parece concordar: Pincha aquí


Un saludo.


6/9/10

ROMMEL, UNA MUERTE DESHONROSA

El día 14 de octubre de 1944, la radio alemana emitía una noticia que inundó de dolor y tristeza todos los hogares alemanes. “El mariscal de campo Erwin Rommel, el más famoso y querido generalfeldmarschall del Reich, moría en su hogar de Herrlingen a consecuencia de las graves heridas recibidas en el frente de Normandía el pasado 17 de Julio”.

La realidad fue bien distinta, y probablemente nunca se conozcan todos los detalles que rodearon la muerte de Rommel, pero en base a ciertos hechos, pueden reconstruirse parcialmente los acontecimientos. Tras la fallida conjura del 20 de julio, el jefe de la conspiración, general Von Stülpnagel, después de intentar suicidarse, pronunció en su delirio varias veces el nombre de Rommel, lo cual, causó inmediatas sospechas en la Gestapo. Lo cierto es que si Rommel tenía algún conocimiento del atentado, nunca se unió al grupo ni participó en ninguna de las reuniones de los conspiradores, pero sin embargo, las sospechas estaban cada vez más centradas en él.

El día 7 de septiembre, su jefe de estado mayor, general Hans Speidel, es detenido por la Gestapo en su casa, e inmediatamente Rommel se pone en contacto con el Alto Mando para recibir aclaraciones sobre éste hecho, pero no recibe contestación alguna. Justo un mes después, Keitel le llama a audiencia en Berlín, pero por los consejos de los médicos se niega a realizar el viaje. El mariscal estaba ya al corriente de las sospechas que pesaban sobre él.

El día 13, el V Distrito Militar de Stuttgart le llama anunciándoles la visita de dos generales para el día siguiente; “Vendrán a hablarme de la invasión o de un nuevo destino” le confía a su hijo Manfred. El día 14, los generales Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel llegan a Heirrlingen a mediodía. La conversación dura una hora y en ella ponen al mariscal al corriente de la situación. Por orden de Hitler, Rommel debe elegir entre dos alternativas; someterse a juicio por un Tribunal popular –en el que la sentencia estaba ya dictada- o bien suicidarse con una capsula de cianuro. Rommel escoge ésta última opción y se despide de su mujer, de su hijo, y de su ayudante Aldinger.

Finalmente, Rommel sube en el coche y tras recorre apenas 300 metros el vehículo se detiene. El chofer, un soldado de las SS llamado Doose, recuerdo los hechos. “El general Maisel y yo bajamos del coche y anduvimos unos treinta metros; entonces, Burgdorf nos llamó y volvimos rápidamente. Rommel estaba doblado hacía adelante y su gorra estaba en el suelo del coche. Mientras volvíamos a Herrlingen, Burgdorf me ordenó dirigirme al hospital militar de Ulm porque el mariscal se había sentido mal durante la conversación. Para entonces el glorioso mariscal, héroe de Áfrika, era ya un cadáver.”

Cuatro días después se celebraron los funerales oficiales con la asistencia de altos dignatarios del Reich. Posteriormente, el cadáver fue incinerado y los restos descansan ene el cementerio cercano a su villa de Herrlingen.





Fuente:
Enciclopedia ABC, SGM.
Bundesarchiv

5/6/10

"SOLO DEL MOVIMIENTO, SALE LA VICTORIA"

Hola a todos.

Seguro que esta frase con la que titulo el post os ha recordado algo. Efectivamente, con esa cita, no puedo hacer alusión a otra cosa que no sea la Blitzkrieg. Os traigo un fragmento del libro del padre de las tropas acorazadas alemanas, Heinz Guderian, en el que diserta sobre sus ideas de movilidad, sorpresa y contundencia en el campo de batalla. En este extracto podréis apreciar la esencia de la nueva guerra que el III Reich puso en práctica en Francia, Bélgica, Holanda, URSS, Grecia, etc. que tantas grandes e impresionantes victorías proporcionó a las tropas alemanas.

Aqui lo tenéis.

El general Heinz Guderian nació en 1888, combatió en la IGM y fue el ideólogo y creador de las divisiones acorazadas que desencadenaron las fulgurantes campañas de la Wehrmacht durante 1940. La fe de Guderian en sus blindados comenzó recién finalizada la SGM. Puntual observador de los hechos y profesor de historia y táctica militar, anota en su obra “Recuerdos de un soldado” el resultado de sus trabajos.

“Entre las dos guerras mundiales me consagré a la fundación de las tropas acorazadas alemanas. La IGM había aportado una serie de ejemplos sobre el trasporte de tropas en automóvil. Pero estos movimientos habían tenido lugar detrás de un frente fortificado.

Los artículos y libros que atrajeron principalmente mi interés e hicieron fructificar mi fantasía fueron los de Fuller, Liddel Hart y Martel. Estos soldados clarividentes investigaban, ya en aquel tiempo, para hacer de los carros de combate algo más; un arma auxiliar de infantería. Los calificaban como la pieza central de la motorización de nuestra época y serían así los innovadores del nuevo modo de conducir una guerra de un estilo diferente.

En tierra de ciegos, el tuerto es el rey. Como nadie se ocupaba de estas cuestiones, pronto se me consideró como un experto en ellas. Carecía de toda práctica en relación con los carros armados: hasta entonces, nunca me había sentado en uno de ellos.
En 1929 había llegado al convencimiento de que los carros de combate no alcanzarían decisiva importancia actuando solo en cooperación con la infantería. El estudio de la historia de la guerra, los ejercicios en Inglaterra y nuestras propias experiencias con carros simulados., fortalecieron en mí, la opinión de que los carros de combate solo estarían preparados para el más elevado rendimiento cuando las otras armas, de las que hasta ahora habían sido conceptuadas como auxiliares, fueran usadas con denominador que ellos en cuanto a rapidez y movilidad sobre el terreno.

Para mis propuestas no encontré ninguna comprensión. El General Stülpnagel me diría: “Es usted demasiado impetuoso, créame; nunca veremos los carros de combate alemanes”.

El año 1933 trajo el nombramiento de Hitler como canciller del Reich y con ello un cambio completo de la política interior y exterior de Alemania. Hitler mismo se interesó por las cuestiones referentes a la motorización y a las tropas acorazadas. Quedó vivamente impresionado por la rapidez y precisión de movimientos de nuestras unidades, y exclamo: “Esto puedo necesitarlo. ¡Quiero tenerlos!”.

A partir de entonces formulé las que creía condiciones básicas del arma acorazada. “Solo del movimiento sale la victoria”. No podemos ni queremos proteger y apoyar a la infantería a lo largo de semanas y meses, con un terrible consumo de municiones, sino que lo que queremos es descargar en un breve tiempo un golpe al enemigo, penetrar en profundidad en su sistema de defensas, y al mismo tiempo paralizarlo.

Vemos en el arma acorazada algo más que un medio adicional para la infantería en movimiento, que puede proporcionar la decisión de la batalla en muchas situaciones imaginables en las que se vea envuelta la infantería. Los motores de los carros nos permiten llevar nuestras armas sobre el enemigo sin previa preparación del fuego y por ello cuidamos de que se den las más importantes premisas para su entrada en acción: terreno apropiado, sorpresa y empleo en masa.
Si estas condiciones eran aprobadas, estaban asentadas las bases para una nueva forma de hacer la guerra”.

Fuentes:
Enciclopedia ABC, Segunda Guerra Mundial.

Bibliografía.
Recuerdos de un soldado; Heinz Guderian. Inédita Editores, 2007
Achtung Panzer; Heinz Guderian. Tempus Ed. 2008.


Un saludo a tod@s.

25/4/10

CRONICAS DESDE EL FRENTE

UNA NAVIDAD EN STALINGRADO.

" En el día previsto, los combatientes de Stalingrado celebraron su fiesta de navidad. Un cielo gris se extendía pesadamente sobre la estepa nevada; un frío implacable cristalizaba el paisaje.

(...) Estos soldados solo tenían en común sus manos vacías y las bovedas del cielo, que en aquellos días estaban surcadas por una humareda sanguinolenta. Se preguntaban por que Dios permitia que volviese la Navidad, cuando los hombres, dominando su voz con su tumulto, se mataban unos a otros.

(...) Pudo verse un largo y espantoso cortejo; granadero, generales, enfermos, heridos, lisiados, hombres todavía útiles, héroes, cobardes, tiritando de frío bajo sus capotes de piel, sus mantas, sus uniformes quemados , con la cabeza o el vientre envueltos en trapos ensangrentados, se pusieron en camino, a menudo arrastrándose a gatas hacía el aeródromo.

(...) La procesión de los heridos dejaba tras de si una estela de sangre. Innumerables objetos de la impedimenta estaban esparcidos por la llanura. Un bombardero, un aparato de transporte y dos cazas yacían por allí. Los fugitivos se apresuraban, pués la muerte les pisaba los talones. El hambre les torturaba, la angustía oprimía la gargantas y el frío helaba la sangre.

(...) Los muertos aparecían agrupados, apretados unos contra otros, como si todavía intentasen darse calor, y los vivos pasaban al lado de estos montones de cadáveres. Algunos miles de hombres llegaron al aeródromo. Catorce mil quedaron detenidos en la carretera de la muerte de Pitomnik, congelados por el viento glacial, exangües, descompuestos, pisoteados.

Suplicaron y nadie les escuchó. Lanzaron juramentos y nadie les hizo caso.


Crónica de Heinz Schroter, publicado en "La Gran Crónica de la SGM", selecciones de Reader`s Digest.

Saludos.


11/2/10

ENTREVISTA CON EL ESCRITOR, ALFONSO DOMINGO.

Hola a todos; Tenemos la suerte de contar con una entrevista de primera mano con uno de los documentalistas y escritores más reconocidos en temas bélicos contemporáneos en nuestro país, Alfonso Domingo, autor de muchos libros, y sobretodo, el que nos viene más al caso, us "Historia de los Españoles en la SGM", Editorial Almuzara 2009. Alfonso, ha accedido amablemente accedido a esta entrevista para Europa en Guera 1939-1945 que espero que os guste.




Hola Alfonso; un placer poder contar contigo para esta entrevista.

P. Hablemos de la obra. ¿De que trata el libro? ¿Cual es su esencia?

R. Es un libro de historia oral que relata las peripecias de los españoles en la IIGM en todos los frentes y bajo todas las banderas. Los únicos que no he podido incluir, por faltarme el testimonio, son los españoles que vivieron la IIGM en el Pacífico, el resto están contemplados todos: la resistencia en Francia, los campos de exterminio nazis, la División Azul en Rusia, los españoles en el ejército soviético (guerrilla y aviación), los que lucharon en los ejércitos aliados... En fin, está dividido en varios capítulos en los que después de situar la historia concreta de ese grupo de españoles en un marco general, se relatan en forma de entrevista los testimonios de esas personas.


P. ¿Como surgió la idea de escribir un libro sobre las peripecias de los españoles durante la SGM?

R. Siempre me interesó, como periodista, documentalista y narrador, la guerra civil española, algo tan importante que a mi generación (nací en el 55) nos fue hurtado. Tras ocuparme de la guerra civil española y la postguerra (con los maquis, de los que hice documental y libro) era lógico que desembocara en la SGM. En 1999 hice un documental para Documentos TV “El último soldado” sobre la repatriación de los cuerpos de los caídos de la División Azul. Ahí empecé a entrevistar también a españoles que habían luchado con los soviéticos. Luego, con “el canto del búho” entrevisté a muchos guerrilleros que habían hecho también la resistencia en Francia. Más tarde escribí un reportaje sobre los españoles en los campos de concentración. El libro ya estaba ahí, sólo he tenido que ponerme a escribir y a completarlo. Lo hice casi a la vez que el documental para TVE que salió en dos capítulos en septiembre de 2009 en “la noche temática”. Es decir, que aunque lo escribí en unos meses, en realidad se ha gestado en diez años.


P. ¿Te ha resultado difícil la labor de documentación?

R. A veces, ha sido un proceso largo, donde he acumulado mucho material y muchas entrevistas y no todas las he incluido en el libro. Porque el problema de la historia oral es también arduo, y es saber si la persona que te da el testimonio lo está falseando, no por maldad, sino porque la memoria es selectiva, se mezcla con historias que se cuentan luego, que le han pasado a otros, con cosas que se han leído. Esa ha sido para mí la mayor dificultad. He sacado fuera testimonios porque no me los creía. Como el caso de un republicano que estuvo en los campos de concentración, en la resistencia, asistió al desembarco de Normandía y a la liberación de París. Sólo le faltó llegar al bunker de Hitler. Alguno más también porque no me cuadraba lo que me contaba.

P. ¿Has podido contar con testimonios de ex-combatientes?

R. Como te decía, el libro es de historia oral, está basado en eso. Sólo hay un par de historias donde no he podido entrevistar a los protagonistas, pero que me parecen tan increíbles, que las conté: la de Cristino García y los 37 maquis en la batalla de La madeleine y la de los legionarios españoles de Bir-Hakeim (por cierto, el primero que me habló de ellos, tal y como cuento, en medio del desierto del Sahara, fue un libio que había hecho esa batalla).

P. ¿Qué es lo que más te ha sorprendido de nuestros compatriotas? Personajes muy destacados de la SGM, como Hitler o Dronne destacaron la bravura de los españoles.

R. En efecto, la bravura, la valentía, es una de sus principales características, sean de la división azul o de “la Nueve”. El soldado español es de los mejores del mundo a este respecto. Pero también hay que destacar su compañerismo, su camaradería, el afecto y el cariño hacia la población civil (quizá porque venían de una guerra y habían visto morir a muchos civiles, o porque se reflejaban en ellos y veían a sus familias). Asimismo, por otro lado, hay que destacar su feroz individualismo, su rebeldía, su falta de disciplina en ocasiones. Esto, que es casi tópico, cambia al final. Todos los que llevan años combatiendo acaban siendo disciplinados y perdiendo su individualismo en aras del bien común de la causa que defienden.

P. ¿Crees que el papel de los españoles en la SGM ha sido menospreciado de manera injusta?

R. Lo fue por los franceses hasta hace muy poco, por ejemplo, en la resistencia francesa. Tampoco, a pesar de ser modélico, ha sido aireado su ejemplo en los campos de exterminio nazis, donde murieron casi ocho mil de los diez mil que pasaron por ellos. Por supuesto, aquí, con el franquismo, no se le iba a dar importancia, e incluso se ninguneó a los de la División Azul a su regreso, porque era un recuerdo incómodo, los tiempos habían cambiado. En general los españoles no fueron decisivos en el curso de los acontecimientos, pero tuvieron una importancia simbólica o algo más en varios frentes (Rusia, sur de Francia) y en algunos casos, como en la liberación de París, la historia tuvo con ellos una justicia poética. Ahora mismo su papel ya está más cercano a la realidad. Ha habido trabajos de historiadores como Secundino Serrano, Benito Bermejo, Sandra Checa, Daniel Arasa, José Luis Rodríguez, y un largo etcétera que han completado lo que ya escribió Eduardo Pons Prades.

P. En el libro no se menciona a los españoles que participaron en la Batalla de Narvik alistados en la Legión Extranjera francesa. ¿Ha sido difícil encontrar testimonios al respecto?

R. Sí, yo no encontré a ninguno vivo, aunque ese episodio es de los más brillantes y valerosos, y además, al principio de la SGM. Quise tocarlo, al menos citarlo, pero no pude poner todos los momentos protagonizados por españoles que hubiera querido, es una pena, estos libros debían haberse escrito hace veinte años, cuando muchos de los protagonistas aún vivían. Pero esa escalada de la cota en Narvik, avanzando en el hielo y bajo el fuego de ametralladoras es de película. El sargento Gayoso fue un auténtico héroe ese día.

P. ¿Tienes noticias de españoles encuadrados en el ejército inglés o incluso en el italiano?

R. Sí, hay varias unidades (alguna participa incluso en el desembarco de Normandía, pero no los primeros días) sobre todo auxiliares. Hubo legionarios españoles de la legión francesa que cuando el armisticio de Francia y Alemania, embarcan de vuelta a Francia tras haber cruzado el canal huyendo del avance alemán. Pero 300 se niegan en el puerto, y muchos se enrolan en las fuerzas de De Gaulle y otros en el ejército inglés. Hubo, tengo entendido, hasta paracaidistas, comandos en el mediterráneo y desde luego en el norte de África. En cuanto a encuadrados en el ejército italiano no conozco a ninguno.

P. ¿Qué opinión te merece el actual mercado editorial sobre la SGM? Se está hablando mucho de la sobresaturación del mismo.

R. Puede pasar lo que ha pasado aquí con la guerra civil, se ha publicado demasiado, a pesar de que nuestro déficit era muy grande. Con la SGM llegará un momento en que no habrá nada nuevo. Cada vez vemos más monografías sobre protagonistas de segunda fila o asuntos aún oscuros, pero sin embargo, no hay aún buenos libros sobre otros aspectos, como por ejemplo, las batallas que se dieron en Ucrania. Aún hay aspectos por descubrir, pero desde luego, cada vez son menos.

P. Desde algún foro de Internet, se ha criticado tu libro por algunas inexactitudes; ¿Quieres comentar algo a ese respecto?

R. No merece mucho la pena. En concreto, desde la extrema derecha en relación con la división azul. Creo que les ha molestado que sacara el testimonio de José Luis Pinillos, que denuncia que él vio represión a los judíos y que, además, en el documental sacara una película inédita sobre una parodia de corrida de toros que hacen los divisionarios en Rusia. Naturalmente que en la segunda parte de un documental en el que en 60 minutos tienes que meter División azul y españoles en el ejército soviético, no se va a descubrir muchas cosas nuevas. Admito que en el libro hay algún pequeño problema de correcciones –no se pudieron incluir las que yo había hecho a las galeradas- pero son problemas mínimos. Les basta eso para desacreditar todo lo demás, pero no se dan cuenta de que esa rabia que expresan significa que les ha hecho daño por otros motivos, que no tienen que ver con la validez de la obra, sino con su postura ideológica. He intentado ser honrado y honesto con los testimonios de la División Azul. Hay algunos fantásticos, y denuncias sobre los campos de prisioneros soviéticos tremendas. Pero para ellos todo lo que no sea glorificación del fascismo es malo. Qué le vamos a hacer. Eso sí, reconozco que se estudian las cosas y se las leen, hasta el último detalle. Ojalá otros que se dicen de izquierdas hicieran lo mismo.

P. ¿Algún proyecto nuevo a la vista?

R. Varios. Siempre estoy escribiendo algo, y muchas veces tiene que ver con la historia, que es una de mis pasiones (yo hice Ciencias de la Información y ciencias políticas, pero tenía que haber seguido Geografía e Historia también). He acabado de corregir una novela sobre Billy el Niño y los hispanos, el bandido norteamericano de Nuevo México, y he terminado una novela sobre un cuadro desaparecido del Bosco y un pintor anarquista que hace una copia de ese cuadro en la Segunda Guerra Mundial y acaba los campos de concentración. Es ficción, pero procuro documentarme muy bien, porque son temas que conozco.
Y está ya muy avanzada la novela que estoy escribiendo sobre uno de los misterios de la guerra civil (y prometo que es mi último trabajo sobre guerra civil en papel), el de la muerte de la vedette Tina de Jarque, fusilada por los republicanos en 1937, acusada de espionaje. Va a ser algo sorprendente.


Agradecer nuevamente a Alfonso Domingo la concesión de esta entrevista. El es autor del reciente libro; "Historia de los Españoles en la SGM", publicado por Almuzara 2009.


Un saludo a tod@s; espero que os haya gustado.

17/12/09

CRONICAS SIGNAL DESDE EL FRENTE DE BATALLA

Una de mis aficiones dentro de este mundo son las revistas Signal; las famosas revistas de propaganda alemana durante la SGM. Pues bien, los contenidos de esta son de lo más variopinto, y entre éstos encontramos espectaculares crónicas desde los diferentes frentes de batalla, mezcla de romanticismo y realidad que las hace tener un estilo inconfundible.

Asi pues, me he propuesto ir trayendo poco a poco algunas de estas crónicas que a mi parecer resultan interesantes para el lector y que aportan datos curiosos. Espero que no os aburran mucho. Os dejo con la primera de ellas.

UNA PARTE DEL INFIERNO DE STALINGRADO; LA CIUDAD DE 35 KM DE LONGITUD.


Hoy, la cuarta actuación. Naturalmente sobre Stalingrado. Soy ametrallador del comandante que manda la escuadrilla. Comenzarnos a elevarnos sobre el Don: una mirada a los arenosos meandros del río cosaco y después se extiende la niebla sobre el cuadro. Una abertura en las nubes y se contempla abajo Kalatch, que hace semanas era una cabeza de puente duramente disputada. Nos deslizamos a través de de las movedizas nubes hasta que la nieve aclara. Un baño en luz difusa hasta aclarar el límite superior de la capa. Las maquinas surgen de la gigantesca masa como buzos del abismo. Se aboveda sobre nosotros un firmamento cálido y luminoso que forma un arco inconmensurable. Las sutiles gotas de los aviones se deslizan como visas a través de una lente de cuarzo tallado sobre la marea de luz. Libres como jóvenes dioses, cabalgamos sobre prados de nubes blancas como nieve.

Solo antes de llegar al Volga atravesamos esta capa como un ascensor vibrante en el gris amorfo. ¡Otra vez la tierra! Esta sumida en sombras crepusculares. ¡Atención los cazas! Por bellas que sean las torres de nubes en cada momento pueden surgir tras ellas las huestes enemigas. Las cadenas se arrastran y serpentean con intervalos ascendiendo y cayendo sin cesar hacia el Este, hacia Stalingrado.
¡Artillería antiaérea detrás de nosotros! Allí brotan las negras flores de muerte de la artillería antiaérea. Sus baterías se encuentran en la clara isla de arena donde el Volga se escinde en dos brazos. La ciudad está sobre la margen occidental. Una prolongada lombriz de más de 35 Km. de longitud; ¡una lombriz del diablo! Las calles semejan un tablero de ajedrez. Establecimientos industriales y fortificaciones en medio de los barrios habitados. Nos deslizamos a través del humo y del vapor que en anchas columnas se eleva de los bloques de casa incendiados.

¡Picado!

Descendemos. Entre las nubes oscuras de los antiaéreos se mezclan vedijas de humos de la artillería de mediano calibre. Nuestra maquina tiene bastante velocidad. La tierra gira en el abismo ardiente. ¡Prepararse!, grita el comandante y entonces comienza, en lento crescendo., un estrépito infernal que aumente constantemente y que acaba por ensordecer a todos los ruidos e incluso acalla todas las sensaciones. Funcionan las sirenas. Me sujeto con firmeza.

Recibo el picado casi con alivio. Al principio, parece oscilarse como un globo olvidado y se extienden las manos buscando un asidero en el vacío. Pero el cuerpo se habitúa rápidamente a la vertiginosa caída y me vuelvo hacía abajo para ver el objetivo. Los bloques de cas parecen volar hacia nosotros. La violencia de la caída esfuma los contornos hasta que todo se transforma en una confusa marcha amarillenta de color con chispas centellantes.
En el brutal impulso del principio dirijo la mirada hacia el fuselaje, que se eleva vertical en el cielo, y veo a los camaradas lanzándose desde las nubes como una guirnalda que se deshace. Llevamos una velocidad endiablada. Contemplo como macizos rascacielos de cuyas filas de ventanas surgen llamaradas de incendio. El ímpetu de las maquinas nos arrebata irremediablemente de allí. El comandante observa el ataque de su escuadrilla. ¡Puntos que se abaten sobre el grandioso fuego de artificio!. Algo deslumbra que parece magnesio ardiendo o brillante arco voltaico.

Ha oscurecido ya, y sobre las aguas del Volga resurge súbitamente una chispa. Y entonces se eleva un enorme ramillete de fuego rojo y amarillo que en el crepúsculo azulado permanece durante segundos sobre la ciudad incendiada. La antorcha de Stalingrado. Palidece lentamente y con titubeos y se arrastran sobre el río grasientas volutas de humo negro.

¡Mi escuadrilla!

Nuestro aparato es el primero que aterriza y cuando damos con plomo en las piernas los primeros pasos el comandante me tiende un cigarrillo. En el oeste el solo se hunde con fantástica incandescencia. Sobre la llanura se estremece un violado polvo luminoso y la luna creciente se yergue resplandeciente en el sur.

Sobre los tejados.

¿Vuela usted con el capitán K? ¡Ya puede agarrarse!. Le gusta con delirio el vuelo rasante y más de una vez ha barrido las calles de Stalingrado con la corriente de su hélice...” Así me despidieron los camaradas.

Volamos y el capitán canta en voz baja. El motor zumba con uniformidad y casi adormecido. Tenemos buena visibilidad y un viento impetuoso ha barrido la tierra. ¡Va todo tan rápido…! Otra vez gira bajo nosotros la ciudad y las baterías antiaéreas callan porque esta mañana hemos tapado con bombas pesadas las bocas de los enardecidos artilleros. Pasamos a los picados sin vernos molestados. Zumbidos y estruendos, la maquina tiembla y todo el cuerpo se estremece. Todavía más abajo, aún más cerca… dentro de los ondeantes jirones de barro. Pasa el humo rozando la cabina y veo repentinamente la margen del Volga: balsas y gabarras de madera, vigas candentes y voraces llamas.

Habla la ametralladora.

A nuestra izquierda queda Stalingrado; aquí está la fábrica de conservas de pescado por la cual se combate hace ya días. Arde y de sus instalaciones se elevan espirales de humo mientras en sus trémulos flancos se estremece el reflejo de las bombas que hacen explosión. Por encima veo un Ju-87 que gana altura mientras el pesado proyectil cae con velocidad acelerada. ¡Allí está el sitio Mammut de cereales! Sabemos que los soviets han albergado entre sus espesos muros puestos de combate para armas pesadas de infantería y que han transformado en una fortaleza su gigantesca y erguida masa. Vemos a nuestros pies puestos telegráficos. ¡Ya pasaron!

Alarma nocturna.

En nuestro fortín. […] Zumba fuera un motor y empieza clamoroso el estruendo de los antiaéreos. ¡Afuera! Luna llena. En el este se balancea con resplandor anaranjado una bomba luminosa. Llamea y se producen sordas sacudidas. ¡Explosiones de bombas! La artillería antiaérea escupe estrellas y los reflectores resbalan sobre la vía Láctea. ¡Ahí están! UN punto de luz en los tentáculos de los pulpos luminosos. Del avión se desprenden puntos claros. ¡Paracaidistas! ¡Alarma!

El lugar se anima en pocos segundos y las órdenes retumban en la noche. Zumban sin pausa los aviones y detonan las series de bombas. Arde el bosque de encinas secas como yesca, con oscuras llamas rojas.

Lucha sin cuartel.

¡Por la mañana, al mediodía, por la tarde, siempre Stalingrado! Y así desde hace semanas. El enemigo se defiende fantásticamente y nosotros atacamos con fanatismo aún mayor. Otro objetivo: los tanques soviéticos atacan desde el norte y deben aflojar la asfixiante argolla del Volga. Zona de ataque en las cercanías de la estación de Kotluban. Hay una niebla endiablada y la tierra está como cubierta de seda gris. ¡Allí está la estación y el ferrocarril! Toda la trinchera está llena de baterías enemigas empotradas. Comienzan a atronar las sirenas. Curva, amplio círculo y ascenso. ¡Nuevo ataque! Una tupida red de hilos azulado se dirige hacia nosotros y se acerca alevosamente. Disparamos hacia atrás con proyectiles de huella luminosa.

Continuamos volando.

Los heridos que regresan cuentan que cada piedra es un abrigo, cada cas una fortaleza. Si las bombas los destruyen, los escombros son ocupados de nuevo por la noche. El soldado de infantería se abre paso metro a metro hasta Stalingrado.
¡Continuamos volando! Día tras día, operación tras operación. Nos alegramos cuando hay alguna novedad; por ejemplo la de hoy: “hemos cargado bombas incendiarias. Cuando nos separamos del blanco los escombros centellean como un cementerio en día de ánimas. ¡Millares de luces! ¡Te ganamos Stalingrado! ¡Hasta ahora lo hemos tomado todo!


Fuente:
Selección extraida de la Edición especial del Berliner Illustrierte Zeitung. Ediciones El Arquero, 1987.


Saludos.

28/4/09

ENTREVISTA: LOS ÚLTIMOS DE STALINGRADO. 2ª PARTE

Hola de nuevo. Parece que la primera parte de la entrevista a los supervivientes de Satlingrado a tenido buena acogida! Por ello no quiero hacer esperar más, y vamos con la 2ª y última parte de la misma, más emotiva e interesante si cabe aún.

"Gamlet, que tras la guerra trabajó como corresponsal de la agencia Itar-Tass en Bakú, añora el paternalismo comunista que no conocerán sus dos nietos ni su par de biznietos, la audiencia predilecta de sus batallitas. «En la época soviética yo recibía 132 rublos, tenía un apartamento de cinco habitaciones y pagaba al mes 17 rublos por él. Ahora vivo en una jruschova [apartamento prefabricado de los años 60] y he de pagar 600 rublos por agua, luz y gas.Desde 1928 y durante todo el periodo soviético, un kilowatio de electricidad costaba cuatro kopeks [centésima parte de un rublo]. Ahora cada mes suben los precios. Se burlan de nosotros», se indigna.
Su actitud demuestra que el toque de atención dado por la UE a Rusia para que liberalice los precios domésticos de su sector energético va a encontrar en los veteranos de Stalingrado una feroz resistencia.

El 23 de agosto de 1942, los aviones alemanes de la cuarta flota aérea, comandados por el barón Wolfram von Richtofen (autor de la destrucción de Gernika en 1937), rociaron la ciudad con 1.000 toneladas de proyectiles en el primer bombardeo masivo de Stalingrado.De los 600.000 habitantes de la ciudad, 40.000 perecieron en la primera semana. «Vi esta ciudad unos días antes del bombardeo.Era muy bella. Con casas buenas de piedra Pero los alemanes se propusieron aniquilarla. Un bombardeo como el que hubo aquí no existió en ninguna parte», explica Gamlet cerca de los tres modelos a escala de aviones del Ejército Rojo que dominan desde sus peanas la vista al Volga.
A escasos metros de donde nos encontramos vivió un tétrico episodio que aún hoy le impide conciliar el sueño. «Era de noche. A nuestro chófer lo había descuartizado un proyectil durante los terribles bombardeos y nos disponíamos a enterrarlo cerca del río. Cuando acabamos y empezó a despuntar el alba, vimos que no habíamos enterrado su piernas», narra con la voz tomada por la emoción.

El devastador ataque nazi sobre la ciudad movió a Stalin a lanzar desde Moscú una consigna incontestable: «Ni shag nasad!» («¡Ni un paso atrás!»). Las miradas furibundas de los dos dictadores más temibles del siglo XX se clavaron en el mismo punto del mapa.Destacamentos especiales del Ejército Rojo fusilaban en el acto a los desertores y a quienes se lesionaban adrede para ser evacuados.«Cuando hacíamos reconocimientos a ras del suelo, había quienes alzaban las manos para que les diera una bala perdida», recuerda Mijail.

En septiembre, el VI Ejército de Paulus lanzó una oleada de exitosos ataques contra los centros fabriles septentrionales en la orilla occidental del Volga, donde los soviéticos mantenían bolsas dispersas de resistencia encabezadas por el 62º ejército de Vasili Chuikov.Había comenzado lo que los alemanes llamaron rattenkrieg (guerra de ratas), un combate casa por casa que permitió a los soviéticos encasquillar la guerra hasta la llegada del invierno. Una guerra de emboscadas urbanas que Moscú perdería medio siglo después en las calles de Grozni. «En su actual estado, el Ejército ruso sería incapaz de vencer de nuevo a los nazis. A los jóvenes les falta nuestro patriotismo. Nuestro Ejército Rojo era tan poderoso que, si los aliados nos hubieran dejado, habríamos llegado no sólo a Berlín, sino hasta el Golfo de Vizcaya», exagera Gamlet.

Fue en estas escaramuzas callejeras donde Mijail se ganó a pulso su medalla de la gloria militar. Los alemanes le habían rodeado a él y a seis camaradas en el interior de una casa semiderruida.«Querían arrestarnos vivos. Hice un llamamiento a nuestra artillería para que abriera fuego contra la casa: "Moriremos por la patria, abran fuego hacia nuestra posición". Uno de nosotros no soportó la tensión y se suicidó con una granada. Cuando empezó el fuego, logramos bajar al sótano, los tanques se alejaron y salimos con vida», dice con la tranquilidad de quien narra sus peripecias vacacionales.
Gamlet tuvo ocasión de resarcirse pocas semanas después, cuando el Ejército Rojo desplegó desde el río Don su mítico cerco para aislar al VI Ejército (donde quedaron atrapados 290.000 alemanes), plan concebido por el jefe del Estado Mayor, el mariscal Gueorgui Zhukov. El 19 de noviembre, la división de Mijail cercó una unidad militar alemana. En ese momento, el VI Ejército, esquilmado por los piojos, la desnutrición, la disentería y las bajas temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, era abastecido por medio de un puente aéreo con aviones de carga Junkers 52, que lanzaban productos en paracaídas.

El fuerte viento desvió tres cajas hacia una zona neutral, lo que desató una batalla entre alemanes y soviéticos, quienes, aunque mejor abrigados, no andaban sobrados de víveres. «Nos hicimos con la mercancía, pero resultó que dentro sólo había avena Los alemanes ya no tenían caballos, se los habían comido.¿Entonces, por qué les lanzaban avena?», pregunta Mijail.
Con la llegada del invierno, el hambre hizo mella en ambos bandos.«No había agua. La traían de un lago y la filtraban: la mitad era líquido y la otra mitad, gusanos», rememora el octogenario.Pese a que el infierno blanco -sumado a la dimensión del contraataque rojo- apenas dejaba resquicio a la esperanza, Hitler se mostró inflexible y prohibió al VI Ejército cualquier maniobra de retirada con la promesa de un reabastecimiento que nunca llegó.
«Yo acompañé a unos emisarios de tregua el 8 de enero del año 1943 en la región de Koni Rasiest», recuerda Matrosov con exactitud enciclopédica. «Les ofrecimos rendirse prometiéndoles que después de la guerra volverían a su patria. Ellos nos propusieron huir del anillo a través de un corredor. Nuestros jefes no aceptaron y el 10 de enero de 1943 tomaron la decisión de aniquilarlos», relata, gélido.

COMO NAPOLEON

Las escenas que se vivieron entonces recordaban a la debacle del Ejército napoleónico en el invierno ruso de 1812. «Encontramos alemanes muertos por congelación con las manos estiradas hacia las fogatas. Mientras el soldado soviético iba vestido con valienki (botas de fieltro), abrigo y gorro de piel, el alemán vestía uniforme ligero y gorrito de verano», explica Mijail.
Pese al rencor que aún guarda a los invasores, Mijail entabló una entrañable amistad en los últimos años con un ex soldado alemán. «Cuando se cumplieron 50 años de la victoria vino una delegación de veteranos alemanes. De repente, uno de ellos se levanta y me dice: "Yo le recuerdo. Usted me hizo prisionero.Soy Víctor Prusan"». Desde entonces y hasta su reciente muerte, Prusan volvió cada año a Volgogrado en su particular purga con la Historia. «Reconocieron su culpa», dice Mijail mientras sostiene un periódico amarillo de posguerra con una foto suya 60 años más joven.

SEIS SOVIÉTICOS MUERTOS POR CADA ALEMAN

En noviembre de 1942 el VI Ejército de Paulus sucumbía ante el inesperado cerco soviético («Operación Urano»), un ataque envolvente que dejó aislados a 290.000 alemanes. Si en el aire la «Luftwaffe» dio mil vueltas a los cazas rusos -1.200 aparatos frente a 337-, en la guerra de tanques fueron los versátiles T-34 del Ejército Rojo quienes amilanaron a los más numerosos 'panzer' y 'tiger'.El derroche de vidas entre los soviéticos fue abrumador: 485.751 bajas mortales de un total de 1.100.000. Los alemanes contaron 80.000 muertos, aunque hay fuentes que doblan la cifra."

Si queréis comentar algo al respecto no dudéis en hacerlo. Que os parecido la entrevista, algún aspecto a destacar de la misma... no sé que lo queráis.

Un saludo a todos.

23/4/09

ENTREVISTA : LOS ÚLTIMOS DE STALINGRADO. I PARTE

En el 60 aniversario de la batalla de Stalingrado, allá por el año 1991, el diario El Mundo publicó una excepcional historia que cuenta con el estremecedor testimonio de tres soldados rusos y que sin lugar a dudas, vale la pena revivir en este blog. Tal vez mucho de los lectores de este blog la hayan podido leer ya hace años, y otros seguramente que por su juventud no han tenido esa suerte. Los lectores que están al otro lado del Atlántico y disperson por Europa seguro que no han podido disfrutar de ella. Por ello, quisiera traerla íntegramente, aunque la publicaré en dos partes, ya que es algo extensa.

Os dejo con ella, disfrutarla. Os invito a que comentéis cualquier cosa que os apetezca en el apartado de comentarios.

ANIVERSARIO / 60 AÑOS DE «CARNICERIA»

LOS ULTIMOS DE STALINGRADO

Tres veteranos rusos recorren con CRONICA las ruinas de la mítica batalla y desempolvan los recuerdos: alemanes que buscaban una bala perdida que los devolviera a casa, compañeros que se suicidaron poco antes de que llegara la ayuda, enemigos muertos, congelados con las manos estiradas hacia las fogatas... DANIEL UTRILLA. Volgogrado

"Desde que la artrosis les declaró la guerra, las placas de hielo pulido que alfombran las aceras de Volgogrado se han vuelto tan peligrosas para sus huesos como lo fueron en su día las minas alemanas. La avenida Lenin carece de pasos de cebra, lo que obliga a Mijail, Gamlet y Piotr a acelerar su andar cansino ante el despiadado embate de los Lada. Mucho ha nevado desde aquel día de agosto en que Piotr Aljutov se las vio cara a cara con los temibles acorazados panzer en Svetloyarsk, a las afueras de Stalingrado.«Se nos echaban encima. Eran muchísimos, pero logramos destruir a tres», narra agarrado al enviado de CRONICA tras alcanzar con éxito la otra acera. Aún hoy se estremecen cuando ven una esvástica cruzar la pantalla del televisor durante una emisión de cine bélico. «Me entran hasta temblores», confiesa Piotr, que sigue oyendo el «ruski kaput!» que solían escupirles los alemanes.

Ninguno de ellos recuerda con exactitud cuántos nazis abatieron con su fusil automático del total de 80.000 que cayeron en Stalingrado.«Muchos», confiesan. Han rebasado los 80 años y son la memoria viva de la batalla de Stalingrado, la ciudad a orillas del Volga cuyos edificios pulverizados por los proyectiles de la Luftwaffe se convirtieron en 1942 en símbolo de la barbarie y siniestra metáfora de la sinrazón en la Segunda Guerra Mundial.
La abuela de todas las batallas cumple hoy 60 años. El 2 de febrero de 1943, los restos de lo que fue el VI Ejército del mariscal alemán Friedrich Paulus se rendían tras 170 días de fiero combate, casa por casa, en el laberinto de entrañas de hormigón de la ciudad. «Para celebrarlo nos bebimos unos tragos de vodka», recuerda Gamlet Dallakian, veterano de origen armenio de 82 años.

En 1991, la capital de la Gran Guerra Patria (como llaman los rusos a la Segunda Guerra Mundial) cambió su nombre por Volgogrado.«Queremos que vuelva a llamarse Stalingrado. En diciembre, el presidente Putin dijo por televisión que no merecía la pena rebautizarla porque se crearía malestar. Y como en la Duma existe una mayoría pro presidencial », se resigna Gamlet.
El 8 de agosto de 1942, dos semanas antes de que los nazis irrumpieran en la ciudad, Gamlet estaba operativo en el cuartel del Estado Mayor excavado junto al Volga bajo las órdenes de Andrei Yeriomenko, el mítico comandante del frente de Stalingrado. «Él vivía allí.Yo lo veía todos los días con Jruschov [entonces comisario en jefe del frente]».
Durante los más de seis meses que duró la batalla, Gamlet se la jugó a la ruleta rusa culebreando bajo el torbellino de metralla.Para garantizarle la comunicación al Estado Mayor del 57º Ejército, debía arrastrarse desenrollando bobinas de cable sobre los escombros oxidados encalados por la nieve.

Las medallas que tachonan la pechera de Mijail Matrosov tintinean bajo su cazadora de cuero mientras se desplaza con paso inseguro hacia el malecón del Volga flanqueado por sus otros dos tovarishi de trinchera. «Mi tarea consistía en vigilar con binoculares el movimiento de los alemanes, detectar las posiciones del fuego enemigo y tomar prisioneros vivos» narra el ex combatiente de la división 260 en Stalingrado y veterano más laureado de los 2.300 que aún viven en la ciudad. Cuando el prisionero se resistía a entregarse, «había que clavarle un punzón de zapatero en las nalgas».

La troika de veteranos se detiene ante la llamada Casa de Pavlov, un ruinoso edificio con vistas al Volga que el sargento Yakov mantuvo fuera del alcance de los alemanes durante 58 días, convirtiéndose en símbolo de la férrea resistencia soviética. «Cuando los alemanes llegaron al segundo piso de esta casa, una mujer paría en el sótano. Aquella niña, que aún vive, cuidó de mi hijo cuando era pequeño», recuerda Mijail ante la tétrica casa de ladrillo rojo horadada por enormes boquetes. El resto de la urbe fue reconstruido por completo. Sin embargo, la batería de su memoria, cargada de recuerdos siniestros, sigue atrapada entre las ruinas de la ciudad fósil que sólo ellos ven.

Donde hoy se extiende un bonito malecón fluvial, visualizan las barcazas repletas de soldados soviéticos cruzando el río entre los géiseres de agua levantados por los proyectiles de la aviación alemana. Ante la infinita escalinata flanqueada de álamos que conduce a la cima de Mamaev Kurgan, colina coronada por una descomunal estatua femenina de la Madre Patria, nuestros veteranos proyectan los surtidos de arena y sangre levantados por la Luftwaffe. Hollywood pagaría millones por acceder al archivo de memoria fotográfica que atesoran sus retinas. El recuerdo escrito de lo que fue la cruenta batalla ha quedado plasmado en Stalingrado, de Antony Beevor (publicado por Memoria Crítica), un libro que se ha convertido en un best-seller mundial y que recoge cartas de soldados y testimonios de supervivientes.


VIVEN PARA CONTARLO


Con 18 años, Mijail fue enviado desde lo más profundo de su Siberia natal al infierno de Stalingrado. Hoy volvería a defender la ciudad entonando el grito marcial ruso de «Urrah!». «Fui patriota y sigo siéndolo», sentencia Gamlet con los ojos encendidos.
Ningún alto mando militar del Ejército Rojo vive para celebrar la victoria. Sólo los más bisoños, aquéllos que en 1942 apenas contaban 20 años, brindarán hoy sabedores de que no sobrevivirán al próximo aniversario con cifra redonda. De los militares soviéticos que participaron en la batalla sólo viven 50.000 (40.000 en la Federación Rusa).

El imperio rojo que defendieron en Stalingrado ya no existe.Conservan sus lesiones de guerra, pero el capitalismo que invadió Rusia en 1991 les ha hecho más mella que las balas del Tercer Reich. Los hombres que pararon los pies a Hitler (de cuya llegada al poder se han cumplido esta semana 70 años) cobran hoy pensiones militares de 3.000 rublos (90 euros). El gobierno local les ha obsequiado con 900 rublos (27 euros) por del 60º aniversario.Una ofensa para quienes coagularon con su sangre el avance nazi.Stalin no escatimó en vidas: 485.751 militares soviéticos perecieron en la batalla.

Stalingrado le retorció la mano derecha cuando una bala se le alojó entre varias falanges. Aun así, tras la guerra pudo trabajar 50 años en la fábrica de artillería Barricade, uno de los edificios neurálgicos durante la batalla. Unas botas amarillas de fabricación norteamericana salvaron la vida a Piotr cuando los tanques alemanes rompieron la línea de defensa de su brigada. «Una explosión me alcanzó la pierna, pero las botas tenían una suela muy gorda que quedó completamente destrozada», cuenta.

En Stalingrado, Gamlet fue herido en la espalda, pero fue durante su posterior avance hacia Berlín cuando la explosión de una mina le causó una fuerte contusión. Hoy, su pensión por invalidez de 3.626 rublos (109 euros) no le alcanza para costearse los medicamentos. «En teoría deberían darnos las medicinas, pero durante siete años no he recibido ni una píldora gratis», se indigna... "

Continuará próximamente...

Saludos.

23/1/09

ENTREVISTA CON...LEON DEGRELLE

Hoy quisiera traeros una entrevista que he encontrado en mi archivo bibliográfico y que me parece muy interesante para inaugurar la sección de testimonios. Se trata de una breve entrevista realizada a Leon Degrelle, el famoso y laureado comandante de la División Valona de la SS que luchó hasta los últimos días en la batalla por Berlín y que tras la caída del Reich, se exilió en España hasta los últimos días de su vida y donde aún hoy, yacen sus restos.
El objeto de la entrevista no es otro que la actuación de los Valones en el Ostfront. Degrelle, analiza la actuación de estos y realiza algunas reflexiones sobre la situación en el frente de una de las Divisiones voluntarias europeas más combativas. Además, nos cuenta en primera persona como llegó a Comandante de la Brigada Valona y también como se desarrolló la lucha en la bolsa de Korsun-Tcherkassy, donde los valones resistieron hasta el final consiguiendo finalmente liberar la bolsa.
La entrevista no tiene desperdicio, os dejo con ella. No os perdáis el final de la entrevista con una sentencia que es sorprendente. Si alguien se anima tras terminar de leer la entrevista a dar su opinión sobre ese último párrafo, lo puede hacer en el apartado de comentarios, al final de la entrada, y tal vez se podría abrir un debate con vuestra colaboración.

P. — ¿En que estado volvió a encontrar el frente ruso, meses después de la capitularon de Stalingrado?

R. — En noviembre de 1943 nos encontramos en Rusia con una situación militar absolutamente distinta. Aunque le pueda sorprender, le diré, no obstante, que el desastre de Stalingrado no fue en realidad un verdadero desastre.
¿Perder un ejército? Cualquier jefe militar que haya realizado grandes conquistas ha perdido ejércitos. Los romanos los perdieron: ¡Varo, devuélveme mis legiones! .Napoleón también los perdió. Recuerde sus derrotas en España o en el Beresina. Y los rusos, en 1941 y 1942, perdieron unos cinco millones de hombres. ¡Eso si fue algo gordo!

Trescientos mil soldados del Reich— de siete millones— hundidos en la fosa helada de Stalingrado no era un desastre, sino un accidente. Un accidente importante, pero un accidente. El mariscal Timochenko había perdido más hombres en su fracasada ofensiva de Ucrania diez meses antes. Los alemanes perdieron una batalla, pero, como hubiese dicho De Gaulle, no por eso la guerra estaba perdida.

Sin duda, un golpe mucho mas duro que el de Stalingrado, y al que el publico concedió bastante menos importancia, fue la batalla de Kursk, en julio de 1943. Allí tuvo lugar el duelo decisivo. Fue entonces, indudablemente, cuando Hitler perdió la guerra en la URSS.

P. — ¿Por que? ¿En que se funda su opinión?

R. — Hitler, contra su propio instinto, se comprometió en aquella lucha por instigación de sus principales generales, que seguían obsesionados por los grandes choques frontales, fuerza contra fuerza, a la manera del Verdun de 1916. Hitler era la astucia, la imaginación y la habilidad. Como estratega de nuevas concepciones, el se había resistido ante esa idea de un enfrentamiento masivo en Kursk, y solo acepto esa batalla con inquietud y a regañadientes. Fue el duelo más importante entre carros de combate durante la segunda guerra mundial. Unos cuatro mil carros de un lado y cuatro mil por el otro. Operación perdida de antemano por Alemania al haber sido traicionada.

P. — ¿Como traicionada?

R.— Es una historia para contar algún día— y lo haré en mi libro "Hitler, sus traidores y sus espías"— como Hitler, en su propio Gran Cuartel General, fue traicionado con una terrible constancia durante toda la segunda guerra mundial, y como sus ordenes eran enviadas automáticamente al mando soviético. ¡Más de dos mil mensajes y órdenes suyas! Se transmitían al instante, vía Suiza, para conocimiento de Stalin. Cinco días antes de que la operación de Kursk comenzase— ¡cinco días antes!— Kruschev, como comisario del pueblo por el frente Sur, ya estaba allí con todo el plan alemán en su cartera. Y así, en todas partes, los alemanes cayeron en la trampa. En todos aquellos lugares donde tenían que desembocar, les esperaba una mesa de antitanques rusos. En una semana esta batalla se convirtió en un aniquilamiento masivo de las tropas acorazadas del III Reich.

Provisionalmente, ya no había otra salida que la de servirse del espacio; es decir, retroceder, retroceder hasta el Dnieper, en una retirada extremadamente difícil. Esa retirada casi imprevista estuvo llena de fallos y errores, hasta tal punto que el Dnieper mismo fue franqueado en diversos sitios por las tropas soviéticas, que tomaron Kiev y que, con ello, pudieron emprender en Ucrania una enorme maniobra de cerco hacia el sudoeste.

P. — Y ustedes los valones, ¿cayeron de lleno en ese desastre?

R. — La noche en que, a finales de noviembre de 1943, nos aproximamos hacia las nuevas líneas de resistencia, el espectáculo era extraordinario. Nuestros trenes avanzaban dentro de una verdadera trinchera de fuego. Los rusos ya estaban a la derecha. Y también a la izquierda. Allí me di cuenta de una cosa: de que el valor no es una actitud natural Yo, que había librado tantos combates y que había tenido ya no sé cuantas luchas cuerpo a cuerpo, tuve miedo en aquel momento. No crea que yo jamás he tenido miedo. Los que nunca tienen miedo son anormales.

Para no tener miedo hay que dominar al miedo con antelación. Es un terrible esfuerzo de la voluntad que hay que renovar continuamente Hay que domar a la bestia humana, que normalmente se atemoriza y se encabrita ante el peligro, y sobre todo ante la muerte, como cualquier otro animal. El valor todo valor moral. Es el alma la que alimenta al hombre valiente.
Si aquella noche yo sentí que me invadía esa especie de pánico interno todos los demás también debieron sentirlo. La misma noche escribí a mi secretario de Bruselas una tarjeta postal en la cual le decía: Hemos entrado hasta el fondo por el gollete de la botella y ahora nos ahogaran.
Eso tardaría tres meses en realizarse. Pero así ocurrió.

P. — ¿Que posiciones ocupaba la Brigada Valonia?

R. — Desde la misma mañana de nuestra llegada fuimos enviados a la orilla de un gran río glacial que se llamaba Olchanka, afluente del Dnieper. El mismo Dnieper desplegaba en el extremo norte de nuestras posiciones sus crecidas aguas negras, que rodeaban unas islas arenosas, pronto cercadas por unos inmensos témpanos blancos. Nosotros, los valones, ocupábamos un sector de una veintena de kilómetros. Era increíble lo que sucedía en estos sectores del frente ruso: se tenía una compañía por aquí, otra por allá y otra más lejos, con unos vacíos por los cuales se infiltraba el enemigo. Nosotros, de la misma manera, hacíamos sorprendentes incursiones en su terreno, muy lejos detrás de sus posiciones.
Pero eso no podía durar. No era posible. Sentíamos que el cerco ruso se estrechaba. Cada semana era más fuerte y nos iba encerrando por todos los lados.
Hicimos ataques desesperados, como el de Teklino, a primeros de enero .1944, para despejarnos un poco y volver a recuperar terreno. En ello perdimos mucha gente. Reconquistamos un gran bosque, en el que se escalonaban setecientas fortificaciones rusas. Y vimos, como macabro espectáculo, a prisioneros alemanes clavados en los árboles, con los órganos sexuales cortados y colocados en la boca. Y también a mujeres que se lanzaban sobre nosotros por centenares, jóvenes combatientes espléndidas. ¡Que penosa tarea la de tener que, enfrentarse a unas chicas guapas que se lanzan al asalto!..
Pero por todos los lados surgían cada vez más asaltantes. Cada día era peor. E1 28 de enero de 1944 el nudo corredizo se cerró al sur y quedamos cercados en la bolsa, igual que el Vl Ejército de Paulus en Stalingrado.

P. — ¿Como lograron salir de ella?

R. — Se ha hablado menos, de nuestro cerco y de nuestra liberación de Tcherkassy, porque la victoria de los soviets en Stalingrado, inflada con estrépito por una inusitada propaganda resonó en el mundo entero. Por el contrario, la propaganda aliada tuvo bien cuidado en minimizar la derrota de los soviets en Tcherkassy.
Actualmente ya no ocurre eso. La verdad histórica se ha abierto paso. La batalla de Tcherkassi será algún día una de las grandes batallas que se comentaran en las escuelas militares, porque fue admirable en precisión y sangre fría.

P. — ¿En que consistió?

R. — En aquella ratonera forcejeamos, día a día y noche tras noche, en un peligro constante de la muerte. El cerco se iba cerrando cada vez más y nos dejo aislados.
En el momento más espantoso, en el mes de febrero de 1944, cuando normalmente estaríamos a cuarenta y cinco bajo a cero, bruscamente unas lluvias torrenciales, ¡El cielo entero! cayeron en tromba sobre nuestras cabezas. Entre las riadas de barro aun tratábamos de salvar millares de cañones y de los camiones que ya ni había medio de de llevar mas lejos. Machacado por la artillería soviética, todo este material, triturado o sumergido, se perdería.

Para darle una pequeña idea de lo que era el esfuerzo de cada hombre, durante estos veintitrés días yo libré personalmente diecisiete encuentros cuerpo a cuerpo pegado a unos colosos que le matarían a uno si antes no acaba con ellos. Rodando sobre el suelo en el barro, en la nieve, uno encima del otro, con heridas por doquier.
Cada uno de nuestros soldados vivió decenas de veces tales horrores, En mi libro "La campaña de Rusia" también prohibido en Bélgica, cuento con amplitud como fueron aquellas semanas tan espantosamente trágicas.

P. — ¿Y usted no era aun el comandante jefe de la Brigada de asalto Valonia?

R. — Efectivamente, yo solo era oficial de órdenes del comandante en jefe Lucien Lippert. Después de haber sido mucho tiempo soldado, cabo, suboficial, segundo teniente, teniente y capitán, mande durante unos meses una compañía. Aprendí, pues el oficio en todos sus escalones. No es más complicado tener entre las manos una unidad militar que dirigir una gran empresa comercial, una fábrica o un departamento ministerial. Hay que tener ante todo el don de la autoridad, observar todo y ganar fraternalmente el espíritu y el corazón de los hombres.

Técnicos militares muy preparados se encuentran en abundancia. Las escuelas de guerra los fabrican en serie, del mismo modo que otras preparan excelentes ingenieros o magníficos especialistas en cuestiones comerciales. El papel del jefe no es saberlo todo y hacerlo todo, sino el de utilizar, para objetivos concretos y muy claros, a especialistas mas competentes que el, bien se trate del jefe de la Renault, de un jefe de Estado o del jefe de una brigada de asalto.
Durante el cerco de Tcherkassy yo todavía solo era el colaborador más inmediato de Lucien Lippert. No nos separábamos nunca; combatíamos juntos y comíamos juntos el rancho; los últimos como es natural, pues Lippert no aceptaba meter la cuchara en su rancho enfriado, si no veía antes recibir su ración al último de sus soldados. Todos le queríamos y le admirábamos. Y entonces recibimos en pleno corazón el golpe cruel: Lucien Lippert caía al frente de nosotros en Novo-Buda, por el duro impacto de una de esas balas explosivas, de punta cortada, en las que los rusos eran pródigos, y que le reventó el pecho.

P— ¿Fue a partir de este hecho cuando usted se convirtió en comandante jefe de la Brigada Valonia?

R. — Entonces tuve que asumir el mando directo de nuestra brigada. Estábamos al límite de las posibilidades de resistencia de las fuerzas cercadas. Hacia tres días que ya no recibíamos el menor alimento. Comíamos nieve, nieve y nada mas. El frío y la helada se habían apoderado de todo. Nos acuciaban por todas partes. Los ataques se reanudaban sin respiro. Las cargas enemigas nos caían desde arriba por todos los lados.
En semejantes condiciones tuve que dar una especie de pequeño golpe de Estado: tomar el mando de nuestra unidad. De hecho, nada me autorizaba a ello, ya que hubiera tenido que esperar a que el alto mando de las Waffen SS —que andaba lejos de nosotros— procediese a un nombramiento.

Si no hubiera tomado la delantera, probablemente nos habían enviado un mando alemán. De este modo, ganando a los despachos en velocidad, me proclame comandante jefe.
El comandante jefe de la Sturmbrigade "Wallonien", ahora soy yo. En las unidades alemanas todo el mundo acepto mi decisión, al margen de los reglamentos.
Otra complicación. Hitler, que seguía la batalla muy de cerca, me ordenó por radio que partiera con los últimos aviones que transportaban heridos. Yo respondí: ¡No y no! ¡No me iré! Si quiere que monte en un avión, me pegare un tiro en la cabeza al pie del aparato! Finalmente Hitler acepto que me quedara.

Un oficial superior alemán, testigo de mi respuesta, escribió y publicó después de la guerra el relato de ese dialogo. Se acercaba el momento final. Los refuerzos de medios blindados del general Hube, que debían salvarnos, se aproximaban, pero no lograban tomar contacto con nosotros, atascados por el suelo helado que les paralizaba.

P. — Entonces, ¿como pudieron ponerse a salvo?

R. — En el cerco de Tcherkassy se encontraban, casi estranguladas, once grandes unidades militares.
Nos reunimos los once comandantes jefes. El general Gilles, jefe de la División Vikinga, pregunto con toda crudeza: ¿Hay entre nosotros algún voluntario pare llevar a cabo la operación de punta en la ruptura? Los generales presentes, hombres de cincuenta y sesenta años, estaban agotados físicamente, después de tres semanas de lucha incesante, llevada a cabo sin dormir y casi sin comer. Les consumían las preocupaciones y las catástrofes que se arremolinaban alrededor nuestro como moscas furiosas. Todos eran excelentes estrategas, como lo eran la mayoría de los generales alemanes. Pero tantas pruebas habían agotado sus fuerzas. Se nos concedía, como máximo, un tres por cien de posibilidades de supervivencia. ¡Y, sin embargo, había que romper aquellas barreras de muerte!
Yo resulte herido cada cinco días como media, y unas horas antes me alcanzaron en el brazo y en el costado derecho. Pero era fuerte. Nada, ni las heridas, ni la falta de sueño— tenemos buena madera, decía mi padre—, ni el hambre, ni la sed me vencieron nunca. Yo había adoptado como lema: “Pase lo que pase, hay que dar la cara”..
A la pregunta de Gilles conteste que yo era el voluntario. Física y moralmente aun podía lanzarme en el gran esfuerzo final. Pero yo solo no hubiera hecho nada, naturalmente. Fue el increíble heroísmo de mis soldados el que forzó el destino. No queríamos capitular. Si había que morir, solo estábamos dispuestos a hacerlo en combate.

P. — ¿Como lograron abrirse paso en Tcherkassy?

R. — Esa ruptura fue en verdad algo atroz. Durante toda la última noche tuve que mantener a las unidades valonas en retaguardia, pare proteger la estrecha hondonada en la que se iban acumulando las tropas que partirían al alba hacia su liberación. Todo esto bajo una fantástica lluvia de proyectiles de la artillería soviética. Hacían explosión por todas partes, en la nieve o sobre el suelo helado. Los caballos se restregaban el hocico con el suelo, con sus partes rotas y los intestinos desparramados. Ya he descrito en mi "Campana de Rusia" aquella noche de horror.

Las isbas ardiendo iluminaban fantásticamente la matanza. Las tropas, en medio de aquel tornado, tenían que subir al otro lado de un río y agruparse para salir. Un carro desfondo el único puente de madera de este profundo barranco. Obstruía todo. Hicieron falta dos horas de esfuerzos inauditos hasta que logramos hacerle caer en el precipicio. Solo a las cinco de la madrugada, cuando todo ya estaba dispuesto en la otra orilla, lleve a mis Valones de atrás hacia adelante y nos pusimos en cabeza de la columna que iba hacia la liberación.
Nos dijeron que las tropas acorazadas del general Hube, que venían en nuestro socorro, habían llegado a cinco kilómetros de nosotros. Parados por el hielo, estaban en realidad a 17 kilómetros. ¡Diecisiete kilómetros que había que franquear librando un espantoso cuerpo a cuerpo! La nieve caía en copos macizos. Afortunadamente. Ella nos libro de las ráfagas de la aviación soviética. Pero los cosacos nos atacaban desde todas las direcciones y los carros rusos salían por todas partes.
Ocho mil combatientes, es cierto, murieron en el curso de la ruptura de Tcherkassy. Pero cincuenta y cuatro mil hombres, al final de la noche, estaban al otro lado, una vez cruzadas las líneas soviéticas.

P. — Pero ocho mil muertos es algo horrible.

R. — Si ocho mil muertos es algo horrible. Pero en Stalingrado, el mariscal Paulus prefirió capitular y abandonar a los rusos ciento nueve mil prisioneros; de ellos, solo ocho mil supervivientes regresaron de las prisiones soviéticas.
En Tcherkassy se salvaron cincuenta y cuatro mil hombres, es decir, más del 80 por cien de los efectivos. Se salvaron porque a fuerza de heroísmo y de vigor arrollaron en el frente ruso, dando prueba de que seguían siendo los mas intrépidos, y que sus jefes aun eran superiores a los enemigos por su conocimiento de la estrategia y de la táctica, por su sentido de la autoridad y del mando y por la fuerza de su carácter y valor personal.
Un segundo Stalingrado, psicológicamente, hubiese minado de un modo terrible la moral del pueblo alemán. Para el también, Tcherkassy resultaba necesario. No era posible dejar a los propagandistas aliados lanzarse por segunda vez, como aves rapaces, sobre un nuevo revés en el frente del Este.
Este fracaso de los soviets resultaba aun mas he dispensable si se quería salvar a Europa. Con esa resistencia encarnizada habíamos mantenido, a lo largo de todo el invierno 1943-1944, la barrera que detuvo durante tres meses más la ofensiva de la URSS. Sin esa resistencia desesperada de los soldados de Tcherkassy, la marea soviética hubiese llegado desde el principio de 1944 a los Balcanes y se hubiera desbordado por Europa. Habría ocupado París, sin la menor duda, antes de que el primer americano mascando chicle hubiese desembarcado en las costas francesas.
Recuerde que en 1940 los alemanes llegaron en mes y medio a los Pirineos, porque Sedan no había aguantado. Si también nosotros hubiésemos abandonado la lucha, en lugar de cerrar tenazmente la ruta de Tcherkassy hacia Rumania, y luego hacia el Occidente ¿Que habría ocurrido? Que los franceses y los belgas hoy conocerían la misma suerte que los checos y los polacos.