Hola de nuevo. Parece que la primera parte de la entrevista a los supervivientes de Satlingrado a tenido buena acogida! Por ello no quiero hacer esperar más, y vamos con la 2ª y última parte de la misma, más emotiva e interesante si cabe aún.
"Gamlet, que tras la guerra trabajó como corresponsal de la agencia Itar-Tass en Bakú, añora el paternalismo comunista que no conocerán sus dos nietos ni su par de biznietos, la audiencia predilecta de sus batallitas. «En la época soviética yo recibía 132 rublos, tenía un apartamento de cinco habitaciones y pagaba al mes 17 rublos por él. Ahora vivo en una jruschova [apartamento prefabricado de los años 60] y he de pagar 600 rublos por agua, luz y gas.Desde 1928 y durante todo el periodo soviético, un kilowatio de electricidad costaba cuatro kopeks [centésima parte de un rublo]. Ahora cada mes suben los precios. Se burlan de nosotros», se indigna.
Su actitud demuestra que el toque de atención dado por la UE a Rusia para que liberalice los precios domésticos de su sector energético va a encontrar en los veteranos de Stalingrado una feroz resistencia.
El 23 de agosto de 1942, los aviones alemanes de la cuarta flota aérea, comandados por el barón Wolfram von Richtofen (autor de la destrucción de Gernika en 1937), rociaron la ciudad con 1.000 toneladas de proyectiles en el primer bombardeo masivo de Stalingrado.De los 600.000 habitantes de la ciudad, 40.000 perecieron en la primera semana. «Vi esta ciudad unos días antes del bombardeo.Era muy bella. Con casas buenas de piedra Pero los alemanes se propusieron aniquilarla. Un bombardeo como el que hubo aquí no existió en ninguna parte», explica Gamlet cerca de los tres modelos a escala de aviones del Ejército Rojo que dominan desde sus peanas la vista al Volga.
A escasos metros de donde nos encontramos vivió un tétrico episodio que aún hoy le impide conciliar el sueño. «Era de noche. A nuestro chófer lo había descuartizado un proyectil durante los terribles bombardeos y nos disponíamos a enterrarlo cerca del río. Cuando acabamos y empezó a despuntar el alba, vimos que no habíamos enterrado su piernas», narra con la voz tomada por la emoción.
El devastador ataque nazi sobre la ciudad movió a Stalin a lanzar desde Moscú una consigna incontestable: «Ni shag nasad!» («¡Ni un paso atrás!»). Las miradas furibundas de los dos dictadores más temibles del siglo XX se clavaron en el mismo punto del mapa.Destacamentos especiales del Ejército Rojo fusilaban en el acto a los desertores y a quienes se lesionaban adrede para ser evacuados.«Cuando hacíamos reconocimientos a ras del suelo, había quienes alzaban las manos para que les diera una bala perdida», recuerda Mijail.
En septiembre, el VI Ejército de Paulus lanzó una oleada de exitosos ataques contra los centros fabriles septentrionales en la orilla occidental del Volga, donde los soviéticos mantenían bolsas dispersas de resistencia encabezadas por el 62º ejército de Vasili Chuikov.Había comenzado lo que los alemanes llamaron rattenkrieg (guerra de ratas), un combate casa por casa que permitió a los soviéticos encasquillar la guerra hasta la llegada del invierno. Una guerra de emboscadas urbanas que Moscú perdería medio siglo después en las calles de Grozni. «En su actual estado, el Ejército ruso sería incapaz de vencer de nuevo a los nazis. A los jóvenes les falta nuestro patriotismo. Nuestro Ejército Rojo era tan poderoso que, si los aliados nos hubieran dejado, habríamos llegado no sólo a Berlín, sino hasta el Golfo de Vizcaya», exagera Gamlet.
Fue en estas escaramuzas callejeras donde Mijail se ganó a pulso su medalla de la gloria militar. Los alemanes le habían rodeado a él y a seis camaradas en el interior de una casa semiderruida.«Querían arrestarnos vivos. Hice un llamamiento a nuestra artillería para que abriera fuego contra la casa: "Moriremos por la patria, abran fuego hacia nuestra posición". Uno de nosotros no soportó la tensión y se suicidó con una granada. Cuando empezó el fuego, logramos bajar al sótano, los tanques se alejaron y salimos con vida», dice con la tranquilidad de quien narra sus peripecias vacacionales.
Gamlet tuvo ocasión de resarcirse pocas semanas después, cuando el Ejército Rojo desplegó desde el río Don su mítico cerco para aislar al VI Ejército (donde quedaron atrapados 290.000 alemanes), plan concebido por el jefe del Estado Mayor, el mariscal Gueorgui Zhukov. El 19 de noviembre, la división de Mijail cercó una unidad militar alemana. En ese momento, el VI Ejército, esquilmado por los piojos, la desnutrición, la disentería y las bajas temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, era abastecido por medio de un puente aéreo con aviones de carga Junkers 52, que lanzaban productos en paracaídas.
El fuerte viento desvió tres cajas hacia una zona neutral, lo que desató una batalla entre alemanes y soviéticos, quienes, aunque mejor abrigados, no andaban sobrados de víveres. «Nos hicimos con la mercancía, pero resultó que dentro sólo había avena Los alemanes ya no tenían caballos, se los habían comido.¿Entonces, por qué les lanzaban avena?», pregunta Mijail.
Con la llegada del invierno, el hambre hizo mella en ambos bandos.«No había agua. La traían de un lago y la filtraban: la mitad era líquido y la otra mitad, gusanos», rememora el octogenario.Pese a que el infierno blanco -sumado a la dimensión del contraataque rojo- apenas dejaba resquicio a la esperanza, Hitler se mostró inflexible y prohibió al VI Ejército cualquier maniobra de retirada con la promesa de un reabastecimiento que nunca llegó.
«Yo acompañé a unos emisarios de tregua el 8 de enero del año 1943 en la región de Koni Rasiest», recuerda Matrosov con exactitud enciclopédica. «Les ofrecimos rendirse prometiéndoles que después de la guerra volverían a su patria. Ellos nos propusieron huir del anillo a través de un corredor. Nuestros jefes no aceptaron y el 10 de enero de 1943 tomaron la decisión de aniquilarlos», relata, gélido.
COMO NAPOLEON
Las escenas que se vivieron entonces recordaban a la debacle del Ejército napoleónico en el invierno ruso de 1812. «Encontramos alemanes muertos por congelación con las manos estiradas hacia las fogatas. Mientras el soldado soviético iba vestido con valienki (botas de fieltro), abrigo y gorro de piel, el alemán vestía uniforme ligero y gorrito de verano», explica Mijail.
Pese al rencor que aún guarda a los invasores, Mijail entabló una entrañable amistad en los últimos años con un ex soldado alemán. «Cuando se cumplieron 50 años de la victoria vino una delegación de veteranos alemanes. De repente, uno de ellos se levanta y me dice: "Yo le recuerdo. Usted me hizo prisionero.Soy Víctor Prusan"». Desde entonces y hasta su reciente muerte, Prusan volvió cada año a Volgogrado en su particular purga con la Historia. «Reconocieron su culpa», dice Mijail mientras sostiene un periódico amarillo de posguerra con una foto suya 60 años más joven.
SEIS SOVIÉTICOS MUERTOS POR CADA ALEMAN
En noviembre de 1942 el VI Ejército de Paulus sucumbía ante el inesperado cerco soviético («Operación Urano»), un ataque envolvente que dejó aislados a 290.000 alemanes. Si en el aire la «Luftwaffe» dio mil vueltas a los cazas rusos -1.200 aparatos frente a 337-, en la guerra de tanques fueron los versátiles T-34 del Ejército Rojo quienes amilanaron a los más numerosos 'panzer' y 'tiger'.El derroche de vidas entre los soviéticos fue abrumador: 485.751 bajas mortales de un total de 1.100.000. Los alemanes contaron 80.000 muertos, aunque hay fuentes que doblan la cifra."
Si queréis comentar algo al respecto no dudéis en hacerlo. Que os parecido la entrevista, algún aspecto a destacar de la misma... no sé que lo queráis.
Un saludo a todos.
"Gamlet, que tras la guerra trabajó como corresponsal de la agencia Itar-Tass en Bakú, añora el paternalismo comunista que no conocerán sus dos nietos ni su par de biznietos, la audiencia predilecta de sus batallitas. «En la época soviética yo recibía 132 rublos, tenía un apartamento de cinco habitaciones y pagaba al mes 17 rublos por él. Ahora vivo en una jruschova [apartamento prefabricado de los años 60] y he de pagar 600 rublos por agua, luz y gas.Desde 1928 y durante todo el periodo soviético, un kilowatio de electricidad costaba cuatro kopeks [centésima parte de un rublo]. Ahora cada mes suben los precios. Se burlan de nosotros», se indigna.
Su actitud demuestra que el toque de atención dado por la UE a Rusia para que liberalice los precios domésticos de su sector energético va a encontrar en los veteranos de Stalingrado una feroz resistencia.
El 23 de agosto de 1942, los aviones alemanes de la cuarta flota aérea, comandados por el barón Wolfram von Richtofen (autor de la destrucción de Gernika en 1937), rociaron la ciudad con 1.000 toneladas de proyectiles en el primer bombardeo masivo de Stalingrado.De los 600.000 habitantes de la ciudad, 40.000 perecieron en la primera semana. «Vi esta ciudad unos días antes del bombardeo.Era muy bella. Con casas buenas de piedra Pero los alemanes se propusieron aniquilarla. Un bombardeo como el que hubo aquí no existió en ninguna parte», explica Gamlet cerca de los tres modelos a escala de aviones del Ejército Rojo que dominan desde sus peanas la vista al Volga.
A escasos metros de donde nos encontramos vivió un tétrico episodio que aún hoy le impide conciliar el sueño. «Era de noche. A nuestro chófer lo había descuartizado un proyectil durante los terribles bombardeos y nos disponíamos a enterrarlo cerca del río. Cuando acabamos y empezó a despuntar el alba, vimos que no habíamos enterrado su piernas», narra con la voz tomada por la emoción.
El devastador ataque nazi sobre la ciudad movió a Stalin a lanzar desde Moscú una consigna incontestable: «Ni shag nasad!» («¡Ni un paso atrás!»). Las miradas furibundas de los dos dictadores más temibles del siglo XX se clavaron en el mismo punto del mapa.Destacamentos especiales del Ejército Rojo fusilaban en el acto a los desertores y a quienes se lesionaban adrede para ser evacuados.«Cuando hacíamos reconocimientos a ras del suelo, había quienes alzaban las manos para que les diera una bala perdida», recuerda Mijail.
En septiembre, el VI Ejército de Paulus lanzó una oleada de exitosos ataques contra los centros fabriles septentrionales en la orilla occidental del Volga, donde los soviéticos mantenían bolsas dispersas de resistencia encabezadas por el 62º ejército de Vasili Chuikov.Había comenzado lo que los alemanes llamaron rattenkrieg (guerra de ratas), un combate casa por casa que permitió a los soviéticos encasquillar la guerra hasta la llegada del invierno. Una guerra de emboscadas urbanas que Moscú perdería medio siglo después en las calles de Grozni. «En su actual estado, el Ejército ruso sería incapaz de vencer de nuevo a los nazis. A los jóvenes les falta nuestro patriotismo. Nuestro Ejército Rojo era tan poderoso que, si los aliados nos hubieran dejado, habríamos llegado no sólo a Berlín, sino hasta el Golfo de Vizcaya», exagera Gamlet.
Fue en estas escaramuzas callejeras donde Mijail se ganó a pulso su medalla de la gloria militar. Los alemanes le habían rodeado a él y a seis camaradas en el interior de una casa semiderruida.«Querían arrestarnos vivos. Hice un llamamiento a nuestra artillería para que abriera fuego contra la casa: "Moriremos por la patria, abran fuego hacia nuestra posición". Uno de nosotros no soportó la tensión y se suicidó con una granada. Cuando empezó el fuego, logramos bajar al sótano, los tanques se alejaron y salimos con vida», dice con la tranquilidad de quien narra sus peripecias vacacionales.
Gamlet tuvo ocasión de resarcirse pocas semanas después, cuando el Ejército Rojo desplegó desde el río Don su mítico cerco para aislar al VI Ejército (donde quedaron atrapados 290.000 alemanes), plan concebido por el jefe del Estado Mayor, el mariscal Gueorgui Zhukov. El 19 de noviembre, la división de Mijail cercó una unidad militar alemana. En ese momento, el VI Ejército, esquilmado por los piojos, la desnutrición, la disentería y las bajas temperaturas de hasta 30 grados bajo cero, era abastecido por medio de un puente aéreo con aviones de carga Junkers 52, que lanzaban productos en paracaídas.
El fuerte viento desvió tres cajas hacia una zona neutral, lo que desató una batalla entre alemanes y soviéticos, quienes, aunque mejor abrigados, no andaban sobrados de víveres. «Nos hicimos con la mercancía, pero resultó que dentro sólo había avena Los alemanes ya no tenían caballos, se los habían comido.¿Entonces, por qué les lanzaban avena?», pregunta Mijail.
Con la llegada del invierno, el hambre hizo mella en ambos bandos.«No había agua. La traían de un lago y la filtraban: la mitad era líquido y la otra mitad, gusanos», rememora el octogenario.Pese a que el infierno blanco -sumado a la dimensión del contraataque rojo- apenas dejaba resquicio a la esperanza, Hitler se mostró inflexible y prohibió al VI Ejército cualquier maniobra de retirada con la promesa de un reabastecimiento que nunca llegó.
«Yo acompañé a unos emisarios de tregua el 8 de enero del año 1943 en la región de Koni Rasiest», recuerda Matrosov con exactitud enciclopédica. «Les ofrecimos rendirse prometiéndoles que después de la guerra volverían a su patria. Ellos nos propusieron huir del anillo a través de un corredor. Nuestros jefes no aceptaron y el 10 de enero de 1943 tomaron la decisión de aniquilarlos», relata, gélido.
COMO NAPOLEON
Las escenas que se vivieron entonces recordaban a la debacle del Ejército napoleónico en el invierno ruso de 1812. «Encontramos alemanes muertos por congelación con las manos estiradas hacia las fogatas. Mientras el soldado soviético iba vestido con valienki (botas de fieltro), abrigo y gorro de piel, el alemán vestía uniforme ligero y gorrito de verano», explica Mijail.
Pese al rencor que aún guarda a los invasores, Mijail entabló una entrañable amistad en los últimos años con un ex soldado alemán. «Cuando se cumplieron 50 años de la victoria vino una delegación de veteranos alemanes. De repente, uno de ellos se levanta y me dice: "Yo le recuerdo. Usted me hizo prisionero.Soy Víctor Prusan"». Desde entonces y hasta su reciente muerte, Prusan volvió cada año a Volgogrado en su particular purga con la Historia. «Reconocieron su culpa», dice Mijail mientras sostiene un periódico amarillo de posguerra con una foto suya 60 años más joven.
SEIS SOVIÉTICOS MUERTOS POR CADA ALEMAN
En noviembre de 1942 el VI Ejército de Paulus sucumbía ante el inesperado cerco soviético («Operación Urano»), un ataque envolvente que dejó aislados a 290.000 alemanes. Si en el aire la «Luftwaffe» dio mil vueltas a los cazas rusos -1.200 aparatos frente a 337-, en la guerra de tanques fueron los versátiles T-34 del Ejército Rojo quienes amilanaron a los más numerosos 'panzer' y 'tiger'.El derroche de vidas entre los soviéticos fue abrumador: 485.751 bajas mortales de un total de 1.100.000. Los alemanes contaron 80.000 muertos, aunque hay fuentes que doblan la cifra."
Si queréis comentar algo al respecto no dudéis en hacerlo. Que os parecido la entrevista, algún aspecto a destacar de la misma... no sé que lo queráis.
Un saludo a todos.
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