En el 60 aniversario de la batalla de Stalingrado, allá por el año 1991, el diario El Mundo publicó una excepcional historia que cuenta con el estremecedor testimonio de tres soldados rusos y que sin lugar a dudas, vale la pena revivir en este blog. Tal vez mucho de los lectores de este blog la hayan podido leer ya hace años, y otros seguramente que por su juventud no han tenido esa suerte. Los lectores que están al otro lado del Atlántico y disperson por Europa seguro que no han podido disfrutar de ella. Por ello, quisiera traerla íntegramente, aunque la publicaré en dos partes, ya que es algo extensa.
Os dejo con ella, disfrutarla. Os invito a que comentéis cualquier cosa que os apetezca en el apartado de comentarios.
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ANIVERSARIO / 60 AÑOS DE «CARNICERIA»
LOS ULTIMOS DE STALINGRADO
Tres veteranos rusos recorren con CRONICA las ruinas de la mítica batalla y desempolvan los recuerdos: alemanes que buscaban una bala perdida que los devolviera a casa, compañeros que se suicidaron poco antes de que llegara la ayuda, enemigos muertos, congelados con las manos estiradas hacia las fogatas... DANIEL UTRILLA. Volgogrado
"Desde que la artrosis les declaró la guerra, las placas de hielo pulido que alfombran las aceras de Volgogrado se han vuelto tan peligrosas para sus huesos como lo fueron en su día las minas alemanas. La avenida Lenin carece de pasos de cebra, lo que obliga a Mijail, Gamlet y Piotr a acelerar su andar cansino ante el despiadado embate de los Lada. Mucho ha nevado desde aquel día de agosto en que Piotr Aljutov se las vio cara a cara con los temibles acorazados panzer en Svetloyarsk, a las afueras de Stalingrado.«Se nos echaban encima. Eran muchísimos, pero logramos destruir a tres», narra agarrado al enviado de CRONICA tras alcanzar con éxito la otra acera. Aún hoy se estremecen cuando ven una esvástica cruzar la pantalla del televisor durante una emisión de cine bélico. «Me entran hasta temblores», confiesa Piotr, que sigue oyendo el «ruski kaput!» que solían escupirles los alemanes.
Ninguno de ellos recuerda con exactitud cuántos nazis abatieron con su fusil automático del total de 80.000 que cayeron en Stalingrado.«Muchos», confiesan. Han rebasado los 80 años y son la memoria viva de la batalla de Stalingrado, la ciudad a orillas del Volga cuyos edificios pulverizados por los proyectiles de la Luftwaffe se convirtieron en 1942 en símbolo de la barbarie y siniestra metáfora de la sinrazón en la Segunda Guerra Mundial.
La abuela de todas las batallas cumple hoy 60 años. El 2 de febrero de 1943, los restos de lo que fue el VI Ejército del mariscal alemán Friedrich Paulus se rendían tras 170 días de fiero combate, casa por casa, en el laberinto de entrañas de hormigón de la ciudad. «Para celebrarlo nos bebimos unos tragos de vodka», recuerda Gamlet Dallakian, veterano de origen armenio de 82 años.
La abuela de todas las batallas cumple hoy 60 años. El 2 de febrero de 1943, los restos de lo que fue el VI Ejército del mariscal alemán Friedrich Paulus se rendían tras 170 días de fiero combate, casa por casa, en el laberinto de entrañas de hormigón de la ciudad. «Para celebrarlo nos bebimos unos tragos de vodka», recuerda Gamlet Dallakian, veterano de origen armenio de 82 años.
En 1991, la capital de la Gran Guerra Patria (como llaman los rusos a la Segunda Guerra Mundial) cambió su nombre por Volgogrado.«Queremos que vuelva a llamarse Stalingrado. En diciembre, el presidente Putin dijo por televisión que no merecía la pena rebautizarla porque se crearía malestar. Y como en la Duma existe una mayoría pro presidencial », se resigna Gamlet.
El 8 de agosto de 1942, dos semanas antes de que los nazis irrumpieran en la ciudad, Gamlet estaba operativo en el cuartel del Estado Mayor excavado junto al Volga bajo las órdenes de Andrei Yeriomenko, el mítico comandante del frente de Stalingrado. «Él vivía allí.Yo lo veía todos los días con Jruschov [entonces comisario en jefe del frente]».
Durante los más de seis meses que duró la batalla, Gamlet se la jugó a la ruleta rusa culebreando bajo el torbellino de metralla.Para garantizarle la comunicación al Estado Mayor del 57º Ejército, debía arrastrarse desenrollando bobinas de cable sobre los escombros oxidados encalados por la nieve.
El 8 de agosto de 1942, dos semanas antes de que los nazis irrumpieran en la ciudad, Gamlet estaba operativo en el cuartel del Estado Mayor excavado junto al Volga bajo las órdenes de Andrei Yeriomenko, el mítico comandante del frente de Stalingrado. «Él vivía allí.Yo lo veía todos los días con Jruschov [entonces comisario en jefe del frente]».
Durante los más de seis meses que duró la batalla, Gamlet se la jugó a la ruleta rusa culebreando bajo el torbellino de metralla.Para garantizarle la comunicación al Estado Mayor del 57º Ejército, debía arrastrarse desenrollando bobinas de cable sobre los escombros oxidados encalados por la nieve.
Las medallas que tachonan la pechera de Mijail Matrosov tintinean bajo su cazadora de cuero mientras se desplaza con paso inseguro hacia el malecón del Volga flanqueado por sus otros dos tovarishi de trinchera. «Mi tarea consistía en vigilar con binoculares el movimiento de los alemanes, detectar las posiciones del fuego enemigo y tomar prisioneros vivos» narra el ex combatiente de la división 260 en Stalingrado y veterano más laureado de los 2.300 que aún viven en la ciudad. Cuando el prisionero se resistía a entregarse, «había que clavarle un punzón de zapatero en las nalgas».
La troika de veteranos se detiene ante la llamada Casa de Pavlov, un ruinoso edificio con vistas al Volga que el sargento Yakov mantuvo fuera del alcance de los alemanes durante 58 días, convirtiéndose en símbolo de la férrea resistencia soviética. «Cuando los alemanes llegaron al segundo piso de esta casa, una mujer paría en el sótano. Aquella niña, que aún vive, cuidó de mi hijo cuando era pequeño», recuerda Mijail ante la tétrica casa de ladrillo rojo horadada por enormes boquetes. El resto de la urbe fue reconstruido por completo. Sin embargo, la batería de su memoria, cargada de recuerdos siniestros, sigue atrapada entre las ruinas de la ciudad fósil que sólo ellos ven.
Donde hoy se extiende un bonito malecón fluvial, visualizan las barcazas repletas de soldados soviéticos cruzando el río entre los géiseres de agua levantados por los proyectiles de la aviación alemana. Ante la infinita escalinata flanqueada de álamos que conduce a la cima de Mamaev Kurgan, colina coronada por una descomunal estatua femenina de la Madre Patria, nuestros veteranos proyectan los surtidos de arena y sangre levantados por la Luftwaffe. Hollywood pagaría millones por acceder al archivo de memoria fotográfica que atesoran sus retinas. El recuerdo escrito de lo que fue la cruenta batalla ha quedado plasmado en Stalingrado, de Antony Beevor (publicado por Memoria Crítica), un libro que se ha convertido en un best-seller mundial y que recoge cartas de soldados y testimonios de supervivientes.
VIVEN PARA CONTARLO
Con 18 años, Mijail fue enviado desde lo más profundo de su Siberia natal al infierno de Stalingrado. Hoy volvería a defender la ciudad entonando el grito marcial ruso de «Urrah!». «Fui patriota y sigo siéndolo», sentencia Gamlet con los ojos encendidos.
Ningún alto mando militar del Ejército Rojo vive para celebrar la victoria. Sólo los más bisoños, aquéllos que en 1942 apenas contaban 20 años, brindarán hoy sabedores de que no sobrevivirán al próximo aniversario con cifra redonda. De los militares soviéticos que participaron en la batalla sólo viven 50.000 (40.000 en la Federación Rusa).
Ningún alto mando militar del Ejército Rojo vive para celebrar la victoria. Sólo los más bisoños, aquéllos que en 1942 apenas contaban 20 años, brindarán hoy sabedores de que no sobrevivirán al próximo aniversario con cifra redonda. De los militares soviéticos que participaron en la batalla sólo viven 50.000 (40.000 en la Federación Rusa).
El imperio rojo que defendieron en Stalingrado ya no existe.Conservan sus lesiones de guerra, pero el capitalismo que invadió Rusia en 1991 les ha hecho más mella que las balas del Tercer Reich. Los hombres que pararon los pies a Hitler (de cuya llegada al poder se han cumplido esta semana 70 años) cobran hoy pensiones militares de 3.000 rublos (90 euros). El gobierno local les ha obsequiado con 900 rublos (27 euros) por del 60º aniversario.Una ofensa para quienes coagularon con su sangre el avance nazi.Stalin no escatimó en vidas: 485.751 militares soviéticos perecieron en la batalla.
Stalingrado le retorció la mano derecha cuando una bala se le alojó entre varias falanges. Aun así, tras la guerra pudo trabajar 50 años en la fábrica de artillería Barricade, uno de los edificios neurálgicos durante la batalla. Unas botas amarillas de fabricación norteamericana salvaron la vida a Piotr cuando los tanques alemanes rompieron la línea de defensa de su brigada. «Una explosión me alcanzó la pierna, pero las botas tenían una suela muy gorda que quedó completamente destrozada», cuenta.
En Stalingrado, Gamlet fue herido en la espalda, pero fue durante su posterior avance hacia Berlín cuando la explosión de una mina le causó una fuerte contusión. Hoy, su pensión por invalidez de 3.626 rublos (109 euros) no le alcanza para costearse los medicamentos. «En teoría deberían darnos las medicinas, pero durante siete años no he recibido ni una píldora gratis», se indigna... "
Continuará próximamente...
Saludos.
Continuará próximamente...
Saludos.
3 comentarios:
Emotivo hasta decir basta...una epopeya que hace perder sentido a la vida que llevo, estos grandes señores son HEROES, por donde se les mire....
Felicitaciones por su excelente blog..¡¡¡
Saludos...¡¡¡
Hola gaxgax.
Muchas gracias. Me alegro que te haya gustado la primera parte de la entrevista. La segunda parte no puede perdertela porque es aún más emotiva e interesante. Te emplazo a que la leas.
Un saludo y gracias por tu comentario.
Como cualquier relato directo de veteranos de Stalingrado, sin palabras. Yo no creo que todos fuesen héroes, pero bueno, ese es otro tema. Saludos y felicidades por el artículo.
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